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Jamás Quino, el Manco, se vanaglorió 382 con los tres pequeños de que una mujer
se hubiera matado desnuda por él. Ni aludió tan siquiera a aquella contingencia
de su vida. Si Daniel, el Mochuelo, y sus amigos sabían que la Josefa se lanzó
corita al río desde el puente, era por Paco, el herrero, que no disimulaba que le
había gustado aquella mujer y que si ella hubiese accedido, sería, a estas alturas,
la segunda madre de Roque, el Moñigo. Pero si ella prefirió la muerte que su
enorme tórax y su pelo rojo, con su pan se lo comiera.
Lo que más avivaba la curiosidad de los tres amigos en los tiempos en que en la
taberna de Quino se despachaba un gran vaso de sidra de barril por cinco
céntimos, era conocer la causa por la que al Manco le faltaba una mano. Constituía
la razón una historia sencilla que el Manco relataba con sencillez.
—Fue mi hermano, ¿sabéis? —decía—. Era leñador. En los concursos ganaba
siempre el primer premio. Partía un grueso tronco en pocos minutos, antes que
nadie. Él quería ser boxeador.
La vocación del hermano de Quino, el Manco, acrecía la tentación de los rapaces.
Quino proseguía:
—Claro que esto no sucedió aquí. Sucedía en Vizcaya hace quince años. No está
lejos Vizcaya, ¿sabéis? Más allá de estos montes —y señalaba la cumbre fosca,
empenachada de bruma, del Pico Rando—. En Vizcaya todos los hombres quieren
ser fuertes y muchos lo son. Mi hermano era el más fuerte del pueblo, por eso
quería ser boxeador; porque les ganaba a todos. Un día, me dijo: "Quino,
aguántame este tronco, que voy a partirlo de cuatro hachazos". Esto me lo pedía
con frecuencia, aunque nunca partiera los troncos de cuatro hachazos. Eso era
un decir. Aquel día se lo aguanté firme, pero en el momento de descargar el golpe,
yo adelanté la mano para hacerle una advertencia y ¡zas! —las tres caritas
infantiles expresaban, en este instante, un mismo nivel emocional. Quino, el
Manco, se miraba cariñosamente el muñón y sonreía—: La mano saltó a cuatro
metros de distancia, como una astilla — continuaba—. Y cuando yo mismo fui a
recogerla, todavía estaba caliente y los dedos se retorcían solos, nerviosamente,
como la cola de una lagartija.
El Moñigo temblaba al preguntarle:
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Jactarse del propio valer u obrar .
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