Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | страница 54
—¡Mirad! —chilló el Mochuelo—. Seguramente será la cigüeña que espera la maestra
de La Cullera. Va en esa dirección.
Cortó el Tiñoso:
—No es una cigüeña; es una grulla.
El Moñigo se sentó en la hierba frunciendo los labios en un gesto hosco 212 y
enfurruñado. Daniel, el Mochuelo, contempló con envidia cómo se inflaba y desinflaba
su enorme tórax.
—¿Qué demonio de cigüeña espera la maestra? ¿Así andáis todavía? —dijo el Moñigo.
El Mochuelo y el Tiñoso se incorporaron también, sentándose en la hierba. Ambos
miraban anhelantes al Moñigo; intuían que algo iba a decir de "eso". El Tiñoso le dio
pie.
—¿Quién trae los niños, entonces? —dijo.
Roque, el Moñigo, se mantenía serio, consciente de su superioridad en aquel instante.
—El parir —dijo, seco, rotundo.
—¿El parir? —inquirieron, a dúo, el Mochuelo y el Tiñoso.
El otro remachó:
—Sí, el parir. ¿Visteis alguna vez parir a una coneja? —dijo.
—Sí.
—Pues es igual.
En la cara del Mochuelo dibujó un cómico gesto de estupor.
—¿Quieres decir que todos somos conejos? —aventuró.
Al Moñigo le enojaba la torpeza de sus interlocutores.
—No es eso —dijo—. En vez de una coneja es una mujer; la madre de cada uno.
Brilló en las pupilas del Tiñoso un extraño resplandor de inteligencia.
212
Ceñudo, áspero e intratable