Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | Page 186
a sus pies. En la frontera este del camposanto 595 , lindando con la tapia, se erguían
adustos 596 y fantasmales, dos afilados cipreses. Por lo demás, el cementerio del pueblo
era tibio y recoleto y acogedor. No había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni
nichos, ni tumbas revestidas de piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se
confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor
de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos,
la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar
allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.
El cielo estaba pesado y sombrío. Seguía lloviznando. Y el grupo, bajo los paraguas,
era una estampa enlutada de estremecedor y angustioso simbolismo. Daniel, el
Mochuelo, sintió frío cuando don José, el cura, que era un gran santo, comenzó a rezar
responsos 597 sobre el féretro depositado a los pies de la fosa recién cavada. Había, en
torno, un silencio abierto sobre cien sollozos reprimidos, sobre mil lágrimas
truncadas, 598 y fue entonces cuando Daniel, el Mochuelo, se volvió, al notar sobre el
calor de su mano el calor de una mano amiga. Era la Uca—uca. Tenía la niña un grave
gesto adosado a sus facciones pueriles 599 , un ademán desolado 600 de impotencia y
resignación. Pensó el Mochuelo que le hubiera gustado estar allí solo con el féretro y
la Uca—uca y poder llorar a raudales sobre las trenzas doradas de la chiquilla; sintiendo
en su mano el calor de otra mano amiga. Ahora, al ver el féretro a sus pies, lamentó
haber discutido con el Tiñoso sobre el ruido que las perdices hacían al volar, sobre las
condiciones canoras 601 de los rendajos o sobre el sabor de las cicatrices. Él se hallaba
indefenso, ahora, y Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de su alma, le daba,
incondicionalmente, la razón. Vibraba con unos acentos lúgubres 602 la voz de don
José, esta tarde, bajo la lluvia, mientras rezaba los responsos:
—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison. Pater noster qui es in caelis...
A partir de aquí, la voz del párroco se hacía un rumor ininteligible 603 . Daniel, el
Mochuelo, experimentó unas ganas enormes de llorar al contemplar la actitud
entregada del zapatero. Viéndole en este instante no se dudaba de que jamás Andrés,
"el hombre que de perfil no se le ve", volvería a mirar las pantorrillas de las mujeres.
Cementerio
Que es excesivamente rígido, áspero y desapacible en el trato.
597
Última oración de la liturgia de difuntos que se reza por la persona que ha muerto
598
Que Quitan a una persona las ganas de vivir o la esperanza en algo.
599
Infantiles
600
Que está lleno de dolor, amargura y tristeza
601
Relativas al canto
602
Que es oscuro o sombrío y recuerda lo relacionado con la muerte o el más allá
603
Que no se puede entender
595
596