Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | Seite 182

—Sí que es raro todo esto. ¿Nadie ha puesto ahí ese pájaro? —¡Nadie, nadie! —gritaron todos. Daniel, el Mochuelo, bajó los ojos. La Rita volvió a gritar, entre carcajadas histéricas, mientras miraba con ojos desafiadores a don José: —¡Qué! ¿Es un milagro o no es un milagro, señor cura? Don José intentó apaciguar los ánimos, cada vez más excitados. —Yo no puedo pronunciarme ante una cosa así. En realidad es muy posible, hijos míos, que alguien, por broma o con buena intención, haya depositado el tordo en el ataúd y no se atreva a declararlo ahora por temor a vuestras iras. —Volvió a mirar insistentemente a Daniel, el Mochuelo, con sus ojillos hirientes como puntas de alfileres. El Mochuelo, asustado, dio media vuelta y escapó a la calle. El cura prosiguió— : De todas formas yo daré traslado al Ordinario de lo que aquí ha sucedido. Pero os repito que no os hagáis ilusiones. En realidad, hay muchos hechos de apariencia milagrosa que no tienen de milagro más que eso: la apariencia. —De repente cortó, seco—: A las cinco volveré para el entierro. En la puerta de la calle, don José, el cura, que era un gran santo, se tropezó con Daniel, el Mochuelo, que le observaba a hurtadillas, tímidamente. Elpárroco oteó las proximidades y como no viera a nadie en derredor, sonrió al niño, le propinó unos golpecitos paternales en el cogote, y le dijo en un susurro: —Buena la has hecho, hijo; buena la has hecho. Luego le dio a besar su mano y se alejó, apoyándose en la cachaba, a pasitos muy lentos.