Lascivia No 63 Enero 2020 Lascivia 63 Enero 2020 | Page 231
suficiente, lo soltó y sin más explicaciones comenzó a vestirse de nue-
vo. Diego la miró casi desconsolado, titubeante:
—Ma…¿Marina?
—¿Ya está no? Me has visto, nos hemos visto, no sé qué más puedes
querer.
El hermano sabía perfectamente lo que quería, pero no tuvo el valor de
expresarlo. Se quedó quieto, excitado, desnudo e inmóvil, viendo como
su hermana se vestía. La frustración le duró días.
Poluciones nocturnas
A los catorce años Diego era virgen pero ya no un inocente niño.
Posiblemente estaría en un hipotético cuadro de honor de expertos en
onanismo, pero la masturbación, para ser realmente placentera, reque-
ría cada vez de más acción y menos imaginación. A su favor tenía dos
grandes ventajas, el compartir habitación con su hermana y el sueño
profundo de ella.
No era la primera vez que lo hacía, se despertó sin ayuda a las tres de
la madrugada y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Se
levantó entonces de la cama y, a hurtadillas, avanzó los escasos dos me-
tros que le separaban de la de la melliza. Con sumo cuidado, la destapó
lentamente. Marina era ya toda una mujer, con pechos no muy grandes,
pero completamente desarrollados, cinturita de avispa y largas y tor-
neadas piernas. Quizás le fallaba el culo, demasiado plano para su gus-
to, pero tumbada boca arriba éste ni se veía.
Como era habitual, la hermana ni se inmutó. Ni un pequeño amago de
despertarse. Diego había conocido a marmotas con menos vocación que
ella. Aún no hacía demasiado calor y se lamentó de que la vestimenta no
fuera más sexy. Un simple pijama compuesto de blusa y pantalón pira-
ta. Se bajó la parte de abajo del pijama y su miembro saltó como un re-
sorte, libre y erecto. Comenzó a tocarse mientras la contemplaba. Poco
después, incrementando el ritmo, se dio cuenta de que sería uno de esos