LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 81
Las preguntas de la vida
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pregunta: «¿Qué es el tiempo? se ha convertido en: ¿quién es el tiempo? Más precisamente: ¿somos nosotros
mismos el tiempo? O aún con mayor precisión: ¿soy yo mi tiempo?». La respuesta de Heidegger es
afirmativa: lo que llama Dasein, el existente humano, consiste precisamente en «tiempo», esa inconsistencia
transitoria. Su planteamiento coincide en lo sustancial con la formulación a la par poética y reflexiva con la
que Jorge Luis Borges concluye su ensayo titulado significativamente Nueva refutación del tiempo (un
propósito metafísico que desde luego no logra llevar a cabo): «El tiempo es un río que me arrebata, pero yo
soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el
fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges».
Y de este modo volvemos otra vez a tropezamos con la realidad insoslayable de la muerte, de la que
partimos en el primer capítulo. Para Heidegger, como para Borges (¡por eso quería refutar el tiempo!), estar
hechos de tiempo significa estar abocados a la muerte, resbalar sin tregua hacia ella. ¡Qué poco nos
importaría el tiempo en ninguna de sus formas o medidas si nos creyésemos inmortales! Nos
desentenderíamos de él como los niños pequeños, que nos dicen «¿te acuerdas ayer...?» y se están refiriendo
al verano pasado... ¡o a esta misma mañana! La temporalidad es la conciencia de nuestro tránsito hacia la
muerte y del tránsito hacia su acabamiento o ruina de las cosas que más amamos. Por eso nos urge, por eso
nos angustia, por eso nos empuja a la melancolía... o al desafío. A este respecto, da igual que vivamos
muchos o pocos años. Según cuenta Baltasar Gradan en El criticón, cierto rey se disponía a construir un gran
palacio pero antes de comenzar quiso saber cuánto iba a vivir, para estar seguro de que la inversión merecía la
pena. Sus astrólogos le dijeron que viviría mil años y entonces el rey renunció a su proyecto, diciendo que
para tan corto plazo cualquier choza le podía bastar. Ser temporales {sabernos temporales) es siempre vivir
«poco», pero también proporciona un sabor fuerte, intenso, a la brevedad vital que paladeamos. La vida
nunca puede dejarnos indiferentes porque siempre se está acabando: y el acecho de la muerte vuelve
desgarradoramente interesante el más insípido de los momentos.
Lo que nos ata definitivamente al tiempo y por tanto a la mortalidad es nuestro cuerpo. En sus células
se esconde el veneno de relojería que poco a poco nos va corroyendo. Ese mortal tiempo que «somos»
podemos suponer fundadamente que resulta un requisito fisiológico de los órganos que evolutivamente
corresponden a cada uno de los miembros de nuestra especie. En cuanto «producto» material, llevamos la
fecha de caducidad inscrita en nuestros genes. Así nos lo aseguran los expertos: tengo sobre la mesa, por
ejemplo, un estudio científico sobre el proceso de envejecimiento llamado El reloj de la edad (de John J.
Medina, Ed. Crítica), en el cual se explican los diversos pasos bioquímicos de tal proceso irreversible.
Estamos «programados» para envejecer y morir. Sometidos a los achaques del cuerpo, constantemente
sentimos también miedo, sea un temor vago e inconcreto o apremiante (quizá más vago e inconcreto al
comienzo, de nuestra vida consciente, para hacerse más apremiante con los años). Ese miedo es el eco de la
conciencia temporal de nuestro destino de seres arrastrados hacia su fin, como explica muy bien Marcel
Conche en su obra Tiempo y destino: «Un Miedo difuso es el fondo afectivo de nuestro ser, la tonalidad
afectiva fundamental. El miedo siempre está ahí. Una nadería y tenemos miedo, pues esa "nadería", ¿quién
sabe?, quizá no es una nadería, quizá es ya la muerte» 41 . Y como es el cuerpo el que constantemente nos
expone sin resguardo a la muerte por su propia naturaleza, en todas las épocas se ha cultivado entre los
humanos la idea de que hay algo en nosotros no-corporal, por tanto no-temporal, inalcanzable a las heridas e
invulnerable ante los procesos letales de la biología, algo inextenso, inexpugnable, opuesto en todo a las ca-
racterísticas corporales, imperecedero. Y señala Marcel Conche: «La noción de espíritu puro o de alma, como
sustancia incorporal, indivisible, etcétera, parece fruto del Miedo. El hombre tiene un miedo tan profundo
ante la muerte que se ha forjado una idea de sí mismo como hombre-sin-cuerpo = alma, para escapar a su
destino, a la muerte». Así el alma sería consciente del tiempo sólo como algo que le ocurre al cuerpo, aunque
manteniéndose ella misma a salvo de su perpetuo desgaste...
Sin embargo, ¿puede estar realmente vivo lo que no debe morir? Quizá nacer y morir no son
solamente el comienzo y el final de nuestro destino sino un componente que se repite incesantemente a lo
largo de toda nuestra existencia. En cada trayectoria vital la muerte del niño da paso al joven, la pérdida de un
amor o el acabamiento de una tarea nos proyectan hacia nuevas empresas, lo que se va es condición de lo que
viene, no podríamos abrirnos a lo inédito -sea terrible o gozoso -si no fuésemos despojados de lo antiguo. El
futuro se abalanza hacia nosotros trayendo nuestro acabamiento pero también es la provincia desconocida en
la que siempre estamos entrando como forzosos exploradores para descubrir trampas y tesoros. De nuevo
recurramos al dictamen de un poeta, esos grandes orientadores del pensamiento. Dice William Butler Yeats
que «el hombre vive y muere muchas veces entre sus dos eternidades». Esa alternancia de vida y muerte es
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Temps et destín, de M. Conche, París, PUF.