LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 82

Las preguntas de la vida 82 ............................................................................................................................................................................................. precisamente aquello a lo que sin renunciar a nuestra libertad podemos llamar «destino humano», frente a la eternidad que nos excluye. Da que pensar... ¿Podríamos dar cuenta -o darnos cuenta- de nuestra vida sin recurrir a referencias temporales? ¿Acaso hay algo que nos resulte más «familiar» que el tiempo? Sin embargo, ¿sabemos realmente lo que es el tiempo? ¿En qué consiste la dificultad para pensar el tiempo? ¿Podemos «fijar» el ahora, el momento presente? ¿Por qué resulta más fácil hablar del «ahora» en tiempo pasado o en la expectativa del futuro? ¿Por qué recurrimos a movimientos para intentar precisar el instante temporal? ¿Son las formas de medir el tiempo algo intrínseco a la condición humana o tienen que ver con las diversas culturas y las situaciones históricas de las sociedades? ¿Por qué cada sociedad establece medidas unánimes del tiempo para todos sus socios? ¿Por qué el tiempo del hombre actual resulta juntamente más agobiante y más «privado» que en otras culturas o épocas? ¿Puede existir un tiempo más allá de las formas humanas de medirlo o de emplear- lo socialmente? ¿Tienen la misma «realidad» el pasado y el futuro que el presente? ¿Están también pasado y futuro incluidos en el presente? ¿Son el pasado y el futuro lo mismo de relevantes para el hombre en cuanto sujeto activo? ¿En qué sentido niega el futuro la teoría fatalista del destino? ¿Por qué nuestras «imágenes» del tiempo son casi todas de tipo espacial? ¿Qué diferencia existe entre los instantes del tiempo y los lugares del espacio? ¿Podríamos «viajar» a través del tiempo? ¿Es realmente el tiempo mismo lo que pasa o somos nosotros los que pasamos temporalmente? ¿Está el ser humano esencialmente «hecho» de tiempo? ¿Qué relación existe entre nuestro interés por el problema del tiempo y nuestra preocupación por la muerte? ¿Es el cuerpo la única «parte» de nosotros sometida al desgaste del tiempo? ¿Influye el miedo a la muerte en nuestra tendencia a imaginar «algo» incorporal en nosotros? ¿Está realmente vivo lo que no puede morir? ¿De qué forma nacimiento y muerte son ingredientes constantes de nuestra existencia temporal? Epílogo LA VIDA SIN POR QUÉ Soy, más, estoy. Respiro. Lo profundo es el aire. La realidad me inventa. Soy su leyenda. ¡Salve! JORGE GUILLÉN Tan antigua como la filosofía es la costumbre de reírse de los filósofos. Del primero de ellos, Tales de Mileto, conocemos la anécdota de que se cayó a un pozo por ir mirando al firmamento, lo que provocó las carcajadas de dos sirvientas que pasaban por allí. Tampoco los humoristas han desaprovechado a unos personajes tan espontáneamente cómicos. En Las nubes, Aristófanes se burla con desvergonzada crueldad de su contemporáneo Sócrates: parodia su talante intelectual hasta el galimatías y le presenta en una escena de la comedia colgando de una cesta bien alto para que estudie mejor las estrellas. También le achaca el enseñar a los jóvenes a dar de palos a sus padres, broma bastante más peligrosa que las restantes a la vista de las acusaciones de corruptor de la juventud que sirvieron para condenar a Sócrates. El agudo satírico Luciano de Samosata (s. n d. de C.) escribió un diálogo muy divertido titulado Subasta de filósofos: el propio Zeus, ayudado por Hermes, ofrece en público remate a las principales lumbreras de la filosofía, como si fuesen esclavos o prostitutas. Los compradores pagan de acuerdo con la utilidad para guiar sus vidas que ofrecen las doctrinas -cómicamente resumidas- de los subastados. Los más cotizados son Sócrates y Platón, a dos talentos cada uno; la puja por Aristóteles no sube más que hasta veinte minas (cada talento son sesenta minas) y Epicuro, una auténtica ganga, termina adjudicado sólo por dos. ¡Heráclito y Demócrito, incomprendidos, son retirados por falta de comprador! Por supuesto, también Moliere presenta en sus piezas a más de un sabio ridículo, empeñado por ejemplo en explicar los efectos somníferos del opio por una «cualidad oculta» llamada vis dormitiva (es decir, pontificando que el opio hace dormir porque tiene una cualidad que se llama «fuerza-para-hacer-dormir»), etcétera. A veces la sonrisa a costa de los filósofos está teñida de irónica simpatía o al menos de conmiseración por ellos. La ópera Cenerentola («Cenicienta») de Rossini ofrece una variante «ilustrada» del cuento clásico debida al libretista Giacomo Ferretti, en la cual el hada madrina que protege a la niña desventurada y propicia su ligue con el príncipe es sustituida por el filósofo Alidoro. El sabio señor se convierte así en una figura bienhechora pero irreal, del género «demasiado-bueno-para-ser-verdad» al que