LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 80
Las preguntas de la vida
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varias horas más que el nuestro (recuérdese la sorpresa final de la Vuelta al mundo en ochenta días de Julio
Verne, cuando el aventurero Phileas Fogg descubre que después de todo ha logrado ganar su apuesta gracias a
los cambios horarios debidos a la rotación de la Tierra). Pero tales «ganancias» o «pérdidas» horarias lo son
solamente en la medición convencional del tiempo, no en el tiempo mismo: el instante que vivo cuando hablo
telefónicamente con mi mujer a través del Atlántico es el mismo que vive ella, aunque... ¿a ojos de quién?
Tampoco «viajar» por el tiempo podría ser nunca como trasladarse espacialmente hacia adelante o hacia
atrás, por mucho que los escritores de ciencia ficción nos entretengan ingeniosamente especulando con tal
posibilidad. El problema no estriba solamente en los diversos absurdos que se propiciarían (vuelvo al pasado
para estrangularme en la cuna e impedirme crecer, con lo cual nunca llegaría a la edad en que he debido
emprender mi viaje; o viajo hacia el futuro para encontrarme conmigo mismo y revelar a mi «yo» del porve-
nir esa travesía cronológica, que ya debería conocer por haberla efectuado «antes» de llegar a tal encuentro,
etc.). Todas estas contradicciones demuestran que los sucesivos «lugares» del tiempo no están simplemente
yuxtapuestos como los «lugares» del espacio sino que tienen una concatenación interna que no puede ser
invertida sin destruir lo propiamente «temporal» del tiempo mismo. Pero es, que, además, cualquier
«desplazamiento» temporal implicaría también un lapso de tiempo, por breve que fuese, que no sabríamos si
pertenece al pasado o al futuro ni cómo computarlo. Es decir, mientras viajamos por el espacio siempre
podemos saber dónde estamos, pero durante el viaje temporal no estaríamos temporalmente en ningún sitio.
Y es que, según parece, el tiempo no «está ahí» ya dado, como el espacio, para que lo recorramos, sino que
más bien lo llevamos puesto. Un poco más adelante volveremos sobre esta cuestión.
Aún se da otra diferencia importante entre espacio y tiempo, en la que insiste el pensador
contemporáneo Cornelius Castoriadis. En el espacio se nos ofrece lo distinto, pero es en el tiempo donde
puede aparecer lo radicalmente otro, la verdadera alteridad. Abarcadas por el espacio se reproducen las
diversas formas de la identidad, pero el espíritu creador madura con el paso del tiempo y se yergue de pronto
trayendo la auténtica novedad de lo no-idéntico, de lo literalmente «nunca visto», trátese de un poema, una
herramienta, un hallazgo científico, una sinfonía, una ley o una revolución. Los antiguos griegos hablaban del
kairós, el momento propicio en el que se puede realizar lo antes imposible y donde aparece por obra del
ánimo humano la nueva «idea» que antes faltaba en el mapa del mundo real. Lo que cuenta de veras en la
temporalidad es la siempre abierta posibilidad del kairós, el instante futuro que rompe con la rutina y lo
previsible para inaugurar una perspectiva inédita de vida consciente en el universo: el momento en que la
imaginación se pone en práctica. En el espacio podemos explorar lo desconocido y encontrar lo que aún no
sabíamos que estaba allí, pero es en el tiempo donde podemos dar a luz aquello que imaginamos en ruptura
con lo meramente constatable.
El 31 de diciembre de 1902, Jules Renard anota en su diario: «Año, una rodaja cortada al tiempo y el
tiempo sigue entero». Más allá de las constataciones antropológicas sobre la forma de medir el tiempo y el
distinto papel de la temporalidad en las culturas, más allá de las elucubraciones de los físicos sobre el tiempo
en el universo, lo que nos pasma vivencialmente a los humanos es que el tiempo -ese algo inaprensible que
perpetuamente escapa- permanece en cierto sentido completo e intacto mientras nosotros somos tragados por
su remolino. ¿Es el tiempo el fugaz o más bien nosotros en él? La respuesta del poeta Fierre de Ronsard (s.
xvi) certifica nuestra más íntima convicción:
Le temps s'en va, le temps s'en va, ma Dame,
Las!, le temps non, mais nous nous en allons.
(El tiempo se va, el tiempo se va, señora,
¡ay!, no el tiempo sino nosotros nos vamos.)
Queremos suponer que el tiempo pasa, pero en realidad sabemos que el tiempo siempre está ahí,
fluyendo aunque sin disminuir ni aumentar: lo que transcurre y decrece incesantemente no es el tiempo sino
nuestro tiempo. Ahora bien, si lo propio del tiempo es ese pasar irremediable que, cuando lo consideramos en
términos absolutos, no afecta al tiempo mismo pero en cambio nos atañe más bien a nosotros, ¿no será acaso
el tiempo nada más pero tampoco nada menos que nuestra dimensión esencial? Algo así sospechó ya en su
día el clarividente Agustín: «Me parece que el tiempo no es otra cosa que una cierta extensión. Pero no sé de
qué cosa. Me pregunto si no será de la misma alma». No es que nosotros midamos el tiempo sino que nos
medimos a nosotros mismos en el tiempo... ¡a no ser que sea el tiempo el que nos mide!
Quizá entonces haya que replantear de nuevo la cuestión del tiempo, vinculándolo de forma mucho
más directa a nuestra condición humana (o al menos a nuestra condición «humana» tal como la entendemos
los occidentales de la modernidad). Eso es precisamente lo que hace Martín Heidegger en el libro de filosofía
más celebrado y discutido del siglo XX, Ser y tiempo (1927). Ya tres años antes de publicar su obra máxima,
Heidegger concluía una conferencia titulada «El concepto de tiempo» formulando de otro modo la vieja