LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 60
Las preguntas de la vida
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autocomplaciente gusta de imaginar. ¿Vivimos necesariamente incomunicados? Desde luego, si por
«comunicación» entendemos el que los demás nos interpreten espontáneamente de modo tan exhaustivo
como nosotros mismos creemos expresarnos; pero sólo muy relativamente, si asumimos que no es lo mismo
pedir comprensión que hacerse comprender y que la buena comunicación tiene como primer requisito hacer
un esfuerzo por comprender a ese otro mismo del que pedimos comprensión. ¿Limitan nuestra libertad los
demás y las instituciones que compartimos con ellos? Quizá la pregunta debiera plantearse de modo
diferente: ¿tiene sentido hablar de libertad sin referencia a la responsabilidad, es decir a nuestra relación con
los demás?, ¿no son precisamente las instituciones -empezando por las leyes- las que nos revelan que somos
libres de obedecerlas o desafiarlas, así como también para establecerlas o revocarlas? Incluso los abusos
totalitarios o simplemente autoritarios sirven al menos para que comprendamos mejor -en la resistencia contra
ellos- las implicaciones políticas y sociales de nuestra autonomía personal.
Por justificadas que estén las protestas contra las formas efectivas de la sociedad actual (de cualquier
sociedad «actual»), sigue siendo igualmente cierto que estamos humanamente configurados para y por
nuestros semejantes. Es nuestro destino de seres lingüísticos, es decir, simbólicos. Al nacer somos «capaces»
de humanidad, pero no actualizamos esa capacidad -que incluye entre sus rasgos la autonomía y la libertad-
hasta gozar y sufrir la relación con los demás. Los cuales por cierto nunca están «de más», es decir nunca son
superfluos o meros impedimentos para el desarrollo de una individualidad que en realidad sólo se afirma
entre ellos. Para conocernos a nosotros mismos necesitamos primero ser reconocidos por nuestros
semejantes. Por muy malo que pueda eventualmente resultarnos el trato con los otros, nunca será tan
irrevocablemente aniquilador como vendría a ser la ausencia completa de trato, el ser plena y perpetuamente
«desconocidos» por quienes deben reconocernos. Lo ha expresado muy bien el gran psicólogo William
James: «El yo social del hombre es el reconocimiento que éste obtiene de sus semejantes. Somos no
solamente animales gregarios, que gustamos de la proximidad con nuestros compañeros, sino que también
tenemos una tendencia innata a hacernos conocer, y conocer con aprobación, por los seres de nuestra especie.
Ningún castigo más diabólico podría ser concebido, si fuese físicamente posible, que vernos arrojados a la
sociedad y permanecer totalmente desapercibidos por todos los miembros que la componen» 31 . Nadie llegaría
a la humanidad si otros no le contagiasen la suya, puesto que hacerse humano nunca es cosa de uno solo sino
tarea de varios; pero una vez humanos, la peor tortura sería que ya nadie nos reconociese como tales... ¡ni
siquiera para abrumarnos con sus reproches!
Volvamos por un momento al tema de la naturaleza y la cultura, que hemos tratado en el capítulo
anterior. ¿Es «natural» la imperiosa necesidad de ser reconocidos por nuestros semejantes, la cual a su vez
abre el camino a todos nuestros empeños propiamente «culturales»? En la Fenomenología del espíritu, sin
disputa una de las piezas claves de la filosofía moderna, Hegel narra ese tránsito por medio de una especie de
mito especulativo conocido como «El señor y el siervo» (o, aún más dramáticamente, «El amo y el esclavo»).
Partamos de que por el mundo vaga un ser dotado de conciencia, del que todavía no sabemos si es animal o
humano. Tiene apetitos (hambre, sed, cobijo, sexo...) que busca satisfacer de modo inmediato, así como
rivales y enemigos con los que debe luchar o de los que tiene que huir. Para esa conciencia el mundo no es
más que un lugar donde se suscitan y satisfacen sus apetitos, el ámbito en el que tiene lugar su búsqueda a
toda costa de supervivencia biológica. Existe plena continuidad entre el mundo y la conciencia que en él se
mueve o, por decirlo con la expresión de Georges Bataille en su Teoría de la religión, la conciencia vital -
zoológica- aún se encuentra en el mundo «como el agua en el agua». De modo que en realidad no hay
«mundo» como algo independiente y separado de la conciencia, por lo que tampoco hay realmente
«conciencia» como una voluntad autónoma para sí misma. Pero ahora supongamos que la conciencia se
transforma en autoconciencia, en conciencia de sí misma, y comienza a valorar la propia independencia de
sus deseos respecto al mundo circundante. Inmediatamente también el mundo se transforma en algo «ajeno»,
que resiste o se opone a sus apetitos, que parece «querer» por su cuenta en contra de lo que la autoconciencia
tiene por su querer propio.
La autoconciencia entonces ya no se conforma simplemente con la supervivencia biológica que le
bastaba mientras se halló en plena continuidad con el resto del mundo. Ahora la autoconciencia quiere ante
todo su propio querer, su voluntad autónoma distinta del mundo que se le opone. En cierto modo esto la sitúa
al margen de la vida, del simple durar «como el agua en el agua», y la enfrenta con la muerte. De ser
conciencia de la vida pasa a convertirse en autoconciencia que asume y desafía la certeza de su propia
muerte. En ese mundo que se opone y resiste al cumplimiento de sus apetitos, la autoconciencia comienza a
ser más y más capaz de valorar, de elegir, de jerarquizar sus deseos de acuerdo no ya sólo con la
31
Citado por Todorov, en la obra mencionada.