LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 59
Las preguntas de la vida
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preocupación, reproche o burla: es decir, significados. Y que nos saca de nuestra insignificancia natural para
hacernos humanamente significativos. Uno de los autores contemporáneos que con mayor sensibilidad ha
tocado el tema, Tzvetan Todorov, lo expresa así: «El niño busca captar la mirada de su madre no solamente
para que ésta acuda a alimentarle o reconfortarle, sino porque esa mirada en sí misma le aporta un
complemento indispensable: le confirma en su existencia. [...] Como si supieran la importancia de ese
momento -aunque no es así-, el padre o la madre y el hijo pueden mirarse durante largo rato a los ojos; esta
acción sería completamente excepcional en la edad adulta, cuando una mirada mutua de más de diez
segundos no puede significar más que dos cosas: que las dos personas van a batirse o a hacer el amor» 30 .
Siendo como somos en cuanto humanos fruto de ese contagio social, resulta a primera vista
sorprendente que soportemos nuestra sociabilidad con tanto desasosiego. No seríamos lo que somos sin los
otros pero nos cuesta ser con los otros. La convivencia social nunca resulta indolora. ¿Por qué? Quizá
precisamente porque es demasiado importante para nosotros, porque esperamos o tememos demasiado de
ella, porque nos fastidia necesitarla tanto. Durante un brevísimo período de tiempo cada ser humano cree ser
Dios o por lo menos el rey de su diminuto universo conocido: el seno materno aparece para calmar el hambre
(casi siempre en forma de biberón), manos cariñosas responden a nuestros lloros para secarnos, refrescarnos o
calentarnos, para darnos compañía. Hablo de los afortunados, porque hay niños cuyo destino atroz les niega
incluso este primer paraíso de ilusoria omnipotencia. Pero nuestro reinado acaba pronto, incluso en los casos
menos desdichados. Pronto tenemos que asumir que esos seres de quienes tanto dependemos tienen su propia
voluntad, que no siempre consiste en obedecer a la nuestra. Un día lloramos y mamá tarda en venir; eso nos
anuncia y nos prepara a la fuerza para otro día más lejano, el día en que lloraremos y mamá ya no volverá.
La filosofía y la literatura contemporáneas abundan en lamentos sobre la carga que nos impone vivir
en sociedad, las frustraciones que acarrea nuestra condición social y los preservativos que podemos utilizar
para padecerlas lo menos posible. En su drama A puerta cerrada, Jean-Paul Sartre acuñó una sentencia
célebre, luego mil veces repetida: «El infierno son los demás». Según eso, el paraíso sería la soledad o el
aislamiento (que por cierto distan mucho de ser lo mismo). El tema de la «incomunicación» aparece también
de las más diversas formas en obras de pensamiento, novelas, poemas, etcétera. A veces es una queja por la
pérdida de una comunidad de sentido que supuestamente existía en las sociedades tradicionales y que el
individualismo moderno ha desmoronado; pero en otros casos parece provenir más bien de ese mismo
individualismo, que se considera incomprendido por los demás en lo que tiene de único e irreductiblemente
«especial». Otros autores deploran o se rebelan contra las limitaciones que la convivencia en sociedad impone
a nuestra libertad personal: ¡nunca somos lo que realmente queremos ser, sino lo que los otros exigen que
seamos! Y algunos plantean estrategias vitales para que lo colectivo no devore totalmente nuestra intimidad:
colaboremos con la sociedad en tanto nos resulte beneficioso y sepamos disociarnos de ella cuando nos
parezca oportuno. A fin de cuentas, como dijo en una ocasión la emprendedora Mrs. Thatcher, la sociedad es
una entelequia y los únicos que existen verdaderamente son los individuos...
A favor de estas protestas y recelos abundan los argumentos aceptables. Las sociedades modernas de
masas tienden a despersonalizar las relaciones humanas, haciéndolas apresuradas y burocráticas, es decir muy
«frías» si se las compara con la «calidez» inmediata de las antiguas comunidades, menos reguladas, menos
populosas y más homogéneas. En cambio crece la posibilidad de control gubernamental o simplemente social
sobre las conductas individuales, cada vez más vigiladas y obligadas a someterse a ciertas normas comunes...
¡aunque esta última forma de tiranía nunca ha faltado tampoco en las pequeñas comunidades premodernas!
Pese a tanto control, demasiados ciudadanos conocen muy pocas ventajas de la vida en común y padecen
miseria o abandono. Por encima de todo, nuestro siglo ha conocido ejemplos espeluznantes del terror
totalitario que pueden ejercer sobre las personas los colectivismos dictatoriales. Tantas adversidades pueden
hacer olvidar hasta qué punto la sociabilidad no es simplemente un fardo ajeno que se impone a nuestra
autonomía sino una exigencia de nuestra condición humana sin la cual nos sería imposible desarrollar esa
autonomía misma de la que nos sentimos tan justificadamente celosos. Sin querer llevarle la contraria a Mrs.
Thatcher, parece evidente que las sociedades no son simplemente un acuerdo más o menos temporal, más o
menos conveniente, al que llegan individuos racionales y autónomos, sino que por el contrario los individuos
racionales y autónomos son productos excelentes de la evolución histórica de las sociedades, a cuya transfor-
mación contribuyen luego a su vez. ¿Cómo podría ser de otro modo?
¿Son los demás el infierno? Sólo en tanto que pueden hacernos la vida infernal al revelarnos -a veces
poco consideradamente- las fisuras del sueño libertario de omnipotencia que nuestra inmadurez
30
La vida en común, de T. Todorov, trad. de H. Subirats, Madrid, Taurus.