LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 57
Las preguntas de la vida
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ambiente e incluso algunos creen que nos amenaza el agotamiento de ciertos elementos naturales básicos.
Hoy cualquier ser humano de un país moderadamente industrializado cuenta con posibilidades de confort y
entretenimiento inauditos hace pocos decenios: pero quizá su vida está cada vez más supeditada al mero
consumo de novedades que le ciega para el conocimiento sosegado de sí mismo y de los demás. Entonces ¿es
«buena» o «mala» la técnica? Probablemente ambos juicios son justificables, pero en cualquier caso nada
pueden remediar porque parece que la técnica se despliega y multiplica a pesar de nosotros, aunque
impulsada por nuestros anhelos y codicias. Se diría que cabalgamos sobre un tigre del que ya no podremos
bajarnos sin ser inmediatamente devorados por él...
Quizá la visión más feroz y depredadora del fenómeno técnico la haya dibujado en nuestro siglo
Oswald Spengler, un pensador de tono fuertemente pesimista (su obra más conocida se titula La decadencia
de occidente). Para Spengler «la técnica es la táctica de la vida entera. Es la forma íntima de manejarse en la
lucha, que es idéntica a la vida misma... Sin duda existe un camino que, de la guerra primordial entre los
animales primitivos, conduce a la actuación de los modernos inventores e ingenieros, e igualmente del arma
primordial, la celada, conduce a la construcción de las máquinas, con la cual se desenvuelve la guerra actual
contra la naturaleza y con la cual la naturaleza cae en la celada del hombre» 28 . Esta perspectiva de la técnica
como «guerra» contra la naturaleza contrasta con la visión clásica y renacentista del mismo asunto (hasta
Francis Bacon, por ejemplo), según la cual a la naturaleza sólo se la puede dominar obedeciéndola, es decir,
prolongando sabiamente sus propios procedimientos. Pero lo más significativo de Spengler es su insistencia
en que, una vez emprendido el camino de la técnica, ya no podemos nunca detenernos porque alimentándonos
con máquinas se nos despierta el apetito de otras nuevas y debemos resignarnos a que «cada invención
contenga la posibilidad y necesidad de nuevas invenciones, de que cada deseo cumplido despierte otros mil
deseos y cada triunfo logrado sobre la naturaleza estimule a nuevos y mayores éxitos. El alma de este animal
rapaz es insaciable, su voluntad no puede nunca satisfacerse; tal es la maldición que pesa sobre este tipo de
vida, pero también la grandeza de su destino». Según Spengler, la técnica nace como táctica vital del feroz
depredador que hay dentro de cada ser humano; pero ¿no podríamos decir también que es el propio desarrollo
de la técnica, cada vez más acelerado, lo que fomenta nuestro lado insaciablemente depredador?
Uno de los pensadores más controvertidos de nuestro siglo y sin duda el más influyente, Martín
Heidegger, adoptó una visión de la técnica -entendida como culminación de la «voluntad de poder»
nietzscheana- que resulta patentemente deudora de la perspectiva de Spengler. Pero para Heidegger no hay
«grandeza» ninguna en el destino que nos espera, sino más bien la desesperación de olvidar en la sociedad
masificada y consumista las preguntas esenciales de la vida. Cuestiones, por cierto, que aun con la resaca de
nuestra borrachera tecnológica tendremos antes o después que volver a formularnos: «Cuando el más
apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un
suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se
puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia y un concierto sinfónico en Tokio;
cuando el tiempo sea sólo rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como
acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el
gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas
populares, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre como fantasmas las
preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué?» 29 .
Es necesario señalar el toque elitista -¿despótico, quizá?- de Heidegger, mezclando la protesta ante el
imperio vacuo de la técnica con la denuncia de esas «asambleas populares» multitudinarias, es decir
refutando la técnica junto con la democracia. Según eso, el aristócrata del espíritu posee el sentido artesanal
de lo que de veras cuenta, mientras que la masa se alimenta de las apariencias vulgarizadoras de sabiduría
proporcionadas por los medios técnicamente ultradesarrollados de comunicación. Cabe preguntarse si a veces
las reservas frente a la técnica entendida como insaciable producción de medios sin atención a los fines no
proviene de una concepción antidemocrática que repudia la difusión masiva de lo que antes era sólo
privilegio cultural y jerárquico de unos cuantos. En cualquier caso las objeciones de Heidegger son lo
bastante serias como para que no puedan ser desechadas de un plumazo. Pero ¿ha de ser la técnica
obligadamente insaciable por provenir de nuestro ánimo de animales feroces en lucha contra lo natural o más
bi en por responder a una organización industrial capitalista sin meta más alta que el lucro privado de los
inversores? ¿Son inimaginables formas técnicas de reconciliación con la naturaleza de la que todos
dependemos no exclusivamente basadas en su saqueo ilimitado?
28 El hombre y la técnica, de O. Spengler, trad. de M. García Morente, Madrid, col. Austral.
29 Introducción a la metafísica, de M. Heidegger, trad. de E. Estiú, Buenos Aires, Editorial Nova.