LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 56
Las preguntas de la vida
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forma criminal. Es valioso en la naturaleza, según este criterio, cuanto nos resulta imprescindible o benefi-
cioso y no seríamos capaces de reemplazar si desaparece. Por eso resulta imprescindible intentar hallar
caminos que hagan compatibles los beneficios del desarrollo industrial con el ahorro de energías no
renovables y de otros recursos naturales, tal como propone de forma ingeniosa y sugestiva un filósofo suizo
con mucho sentido práctico -Suren Erkman- en un libro muy reciente cuyo título encierra ya todo su
programa: Hacia una ecología industrial: cómo poner en práctica el desarrollo durable en una sociedad
hiperindustrial. Los enfoques actuales de lo que viene a llamarse «sostenibilidad», aunque variados, estarían
en este marco.
-El criterio estético resulta a la vez convincente y también muy complejo de razonar. La
contemplación de ciertas formas de la naturaleza nos resulta placentera: las consideramos «hermosas» (las
preguntas que suscita la cuestión general de la belleza las intentaremos abordar en el capítulo noveno de esta
obra). Los animales, las flores y bosques, los mares, el cielo estrellado, etc., alimentan nuestra imaginación y
nos suscitan sentimientos de serenidad o contento. Pero tales sentimientos no siempre son universalmente
compartidos: los pescadores tienen una visión «estética» del mar muy distinta a la de quienes no tenemos que
afrontar sus temporales y los pastores aprecian menos a los lobos que algunos ecologistas de la ciudad. En
ocasiones quizá resulte sano recordar el dictamen lleno de buen sentido aunque algo cínico de Jules Renard
en una anotación de su Diario (21 de febrero de 1901): «Sí, la naturaleza es bella. Pero no te enternezcas
demasiado con las vacas. Son como todo el mundo». Porque además el valor estético de la naturaleza que nos
obligaría a respetar los paisajes entra a veces en colisión con otros valores, sean utilitarios o también
estéticos: por ejemplo, la polémica que ha despertado el proyecto del escultor Eduardo Chillida de vaciar la
montaña canaria de Tindaya para convertirla en una gran obra de arte. ¿Debemos preferir la estética
«espontánea» de la naturaleza o la estética del artista, dotada de un significado humano?
Posiblemente resulta razonable resumir el sentido de nuestras «obligaciones» respecto a la naturaleza
en la fórmula que un filósofo contemporáneo, Hans Jonas, ha denominado el imperativo ecológico: «Obra de
tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana
sobre la tierra» (en El principio de responsabilidad) 27 . Y ni aun así acabamos con las incómodas dudas,
porque ¿cómo determinar de modo inequívoco y universalmente válido lo que es una «auténtica» vida
humana?
La relación característica del hombre con el acontecer natural ha estado siempre basada en la técnica.
Junto al lenguaje simbólico, la técnica es la capacidad activa más distintiva de nuestra especie. ¿Qué es la
técnica? No sólo el manejo de instrumentos para realizar ciertas operaciones vitales (usar un palo para
alcanzar una fruta demasiado elevada), porque eso también lo hacen diversos primates y algunos insectos
sociales, sino crear instrumentos por medio de los cuales pueden hacerse otros instrumentos: tomar una
piedra dura y afilada para cortar ramas de árboles, pulirlas y convertirlas en palos con los que alcanzar las
frutas lejanas... En una palabra, hay técnica no simplemente cuando se da un uso instrumental a los objetos
sino también cuando existen procedimientos para convertir los objetos en instrumentos. Por extensión, se
llama «técnica» a todos los procedimientos necesarios para hacer algo bien: la danza tiene su técnica, así
como el toreo o la argumentación. En este sentido, la «técnica» nunca nombra un comportamiento ocasional,
único (por genial que sea), sino que implica un conjunto de modos y reglas que se transmiten, que pueden ser
aprendidos y reproducidos: una cierta tradición eficaz.
A diferencia de la ciencia, que puede ser meramente contemplativa o «desinteresada» -aunque casi
nunca lo es durante demasiado tiempo...-, la técnica responde siempre a la vocación activa del hombre, a sus
intereses vitales, a su afán de producir, conseguir, acumular, conservar, controlar, resguardar... ¡o agredir!
Resumiendo: al afán constructivo o destructivo de dominio. En la época moderna, la proliferación asombrosa
de la técnica (se dice que en nuestro siglo se han patentado el noventa por ciento de todos los inventos que ha
hecho la humanidad a lo largo de su historia) ha producido dos sentimientos encontrados. Por un lado,
entusiasmo desbordante: los avances técnicos -¡el «progreso»!- resolverán las enfermedades, la muerte, la
pobreza, la ignorancia, nos permitirán conquistar los cielos y vivir bajo el mar, etc. Por otro, temor y
hostilidad: la técnica ha llegado a tal punto que ya somos capaces de exterminar «industrialmente» a nuestros
semejantes, de asesinar a multitudes en pocos segundos, incluso de aniquilar toda forma de vida en nuestro
planeta. Gracias a la técnica se han multiplicado enormemente los recursos humanos y el número mismo de
los individuos de nuestra especie, pero también se han destruido lo