LAS PREGUNTAS DE LA VIDA 4.1.1.2 LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Fernando Savate | Page 55
Las preguntas de la vida
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Si no me equivoco, cuando hablamos de ciertas obligaciones humanas hacia la naturaleza queremos
decir que, aunque en ella no haya valores propiamente dichos, puede estar justificado que nosotros
consideremos valiosas algunas de sus realidades. De nuevo se mezclan así lo «cultural» y lo «natural»,
porque valorar es la tarea cultural por excelencia, la dimensión menos «natural»... ¡de nuestra propia
«naturaleza»! El funcionamiento general de la naturaleza, tal como podemos observarlo, está regido por la
más estricta neutralidad o indiferencia: la naturaleza no tiene preferencias entre los seres, destruye y engendra
con perfecta imparcialidad, no parece mostrar ningún «respeto» especial por sus propias obras. Como el mar
ve sucederse sus olas que se borran unas a otras sin pretender conservar ninguna en especial, así actúa la
Naturaleza respecto a las criaturas. Entre las fallas de Valencia siempre hay una que se salva de la crema por
aclamación popular que la prefiere a las otras, pero la Naturaleza nunca indulta a ninguno de sus ninots...
No podemos asegurar que la «naturaleza» sienta más simpatía por los peces del mar que por las
sustancias químicas que los diezman, ni por el bosque en vez de por el fuego que lo destruye, ni que muestre
más interés por cualquiera de nosotros que por el virus del sida que le mata. Millares de especies vivas,
empezando por los venerables dinosaurios, han sido destruidas «naturalmente» antes de que el hombre
apareciese sobre la tierra; los astros explotan en los cielos lejanos en conflagraciones monumentales que
dejan en mantillas la mayor de nuestras bombas nucleares con la misma «naturalidad» con la que aparecen
nuevos soles, etc. Pero «valorar» es precisamente hacer diferencias entre unas cosas y otras, preferir esto a
aquello, elegir lo que debe ser conservado porque presenta mayor interés que lo demás. La tarea de valorar es
el empeño humano por excelencia y la base de cualquier cultura humana. En la naturaleza reina la indi-
ferencia, en la cultura la diferenciación y los valores. Entonces debemos preguntarnos qué criterios de
valoración podemos tener para fundar nuestras supuestas «obligaciones» hacia los elementos naturales.
Dejando claro de antemano que, sean cuales fueren tales criterios, siempre serán «culturales» y nunca
propiamente «naturales»...
A mi juicio, podrían ser de tres clases: unos descubrirían el valor intrínseco de ciertas cosas naturales
(¡o de todas!), otros atenderían a la utilidad de los elementos naturales para nosotros y por último los estéticos
que se basarían en la belleza de lo natural. Veamos brevemente cada uno de estos modelos valorativos.
-El valor intrínseco de la naturaleza me parece el más difícil de razonar, salvo que adoptemos una
perspectiva religiosa según la cual todo lo que existe es sagrado porque ha sido creado por un Dios sabio y
bueno, etc. Aun así, no es fácil sostener este punto de vista, porque algunas de las religiones que conocemos
mejor (por ejemplo la judía y la cristiana) sostienen que las cosas naturales fueron puestas por Dios al
servicio del hombre y no descartan el sacrificio de las reses para honrar a la divinidad o cortar miles de flores
para ofrendarlas a la Virgen del Pilar. Por supuesto, todas las iglesias conocidas bendicen volar las rocas de
una montaña para construir allí un hermoso templo o un monasterio. De hecho, lo «sagrado» consiste en
señalar ciertos lugares o ciertas cosas más valiosas y respetables que otras similares (un árbol que no es como
los demás árboles, una fuente que no es como las otras fuentes, etc., a causa de alguna presencia divina o
santa allí), lo cual va directamente en contra del supuesto valor intrínseco de las realidades naturales. En
resumen: si todo lo natural es «puramente» natural, nada tiene propiamente más valor que cualquier otra cosa,
o sea que nada tiene valor propio; si hay algo de «sobrenatural» en lo natural, el valor le vendrá de ese
añadido divino y no de sí mismo.
Sólo podría haber una relativa excepción: la obligación de respetar la vida, porque se trata de una
condición que también nosotros compartimos. Podríamos decir que tenemos la obligación de respetar a todos
los seres vivos, porque son nuestros «hermanos» vitales. Pero como la caridad bien entendida empieza por
uno mismo, respetar «nuestra» vida nos obliga a sacrificar inevitablemente otras: los animales y vegetales que
comemos (nadie puede alimentarse sólo de minerales), los microorganismos que eliminamos para sanar de
nuestras enfermedades, las plagas que exterminamos para conservar nuestros cultivos, etc. Hasta los jainitas
(que se ponen un velo ante la boca para no respirar insectos sin darse cuenta) «matan» alguna lechuga de vez
en cuando para alimentarse. En cambio quizá podríamos decir que hay algo intrínsecamente valioso en evitar
sufrimientos innecesarios a los animales dotados de un sistema nervioso capaz de experimentar el dolor. Lo
difícil resulta entonces aclarar lo de «innecesarios», porque son nuestras necesidades humanas las únicas que
pueden establecer el baremo: parece evidente que es «innecesario» torturar a un bicho por el mero placer de
verle sufrir, pero ¿es necesario o innecesario alimentar monstruosamente a las ocas para obtener foie gras,
cazar ballenas, lidiar toros, la matanza del cerdo, etc.? Lo cual nos lleva al punto siguiente.
-El valor utilitario de ciertas cosas naturales es el más fácil de argumentar. La obligación de no
polucionar el aire, los bosques o las aguas deriva directamente de que nos son útiles, imprescindibles.
Haremos mal si deterioramos nuestro medio ambiente por la misma razón que haremos mal si prendemos
fuego a nuestra casa... ¡o a la del vecino! Si destruimos hoy por torpeza o codicia lo que mañana
necesitaremos, actuamos de forma suicida; si por las mismas malas razones dañamos el entorno ambiental de
otros seres humanos o incluso lo que podemos suponer que necesitarán nuestros hijos, estamos actuando de