LaCharca Revista Cultural PRIMAVERA 2016. Número 10. | Page 28

Necrópolis altomedieval de Revenga, Quintanar de la Sierra(Burgos). Tumbas excavadas en la roca asociadas a una ermita semirrupestre. ción aunque seguramente referentes a la muerte y la vida eterna. Mucho más escasos son la presencia en las estelas de anagramas o epígrafes, signos de elevada categoría social. 28 Se da una curiosa circunstancia: un gran número de estelas atesoran el recuerdo y la evidencia pero no solo del individuo propietario, sino de un templo, un cementerio, y por tanto de una comunidad, una localidad. Un pequeño objeto se convierte así en el único testimonio material que evocan despoblados medievales. Las estelas funerarias siguieron en uso durante la Plena y Baja Edad Media. Las otras culturas de la Península ibérica medieval también jugaron con diversos recursos a fin de mantener la memoria de los muertos entre los vivos. El cementerio en el mundo musulmán se emplazaba junto a los caminos, próximos a las ciudades. Esta ubicación facilitaba conservar el recuerdo de los fallecidos y su función ritual. La austeridad y el anonimato era la tónica general dictaminada por los preceptos de la ley islámica. En la práctica, la realidad fue mucho más rica y variada. Así, a partir del siglo X se generalizó el uso de estelas funerarias epigrafiadas y poco después los cipos sepulcrales. Las inscripciones funerarias detallaban los datos personales del fallecido junto con expresiones y plegarias religiosas, elogios personales al muerto o la fecha de la defunción. El cipo sepulcral es un monumento conmemorativo con forma de fuste o columna cilíndrica con los extremos remarcados. Se situaba hincado en la cabecera de la tumba indicando así su emplazamiento. Una cartela contenía la inscripción funeraria. Los judíos, al igual que cristianos y musulmanes, siguen el rito de la inhumación. Sus vestigios culturales son difíciles de detectar por los sucesos históricos que el pueblo hebrero pa-