LaCharca Revista Cultural PRIMAVERA 2016. Número 10. | Página 27
ba seguirá perpetuando la memoria del
difunto, particularidad de la que San
Isidoro de Sevilla dejó constancia en el
siglo VII: “el sepulcro alimentaba entre
los vivos el recuerdo de los muertos;
el significado de nuestro acabamiento
y de nuestra memoria” .
La búsqueda de la pervivencia tras la
muerte, el recuerdo y la exaltación de
la fe cristiana tuvieron su mayor expresión en los funera, las inscripciones
funerarias. Un atributo igualmente de
distinción social, ya que se encontraba solo al alcance de una minoría. El
texto, como en el paleocristianismo,
se acompañaba de diversos motivos
iconográficos de temática cristiana,
sugestivos y de fácil comprensión para
todos aquellos que los contemplaban.
Su emplazamiento en un cementerio
ayudaba a su finalidad publicitaria.
Los epígrafes sepulcrales a veces incluían, junto al nombre, algún dato
identificativo sobre el difunto o quién
encargó la inscripción, aunque son mayoritarios aquellos que citan el nombre y un epíteto en su recuerdo.
La mayoría de la población hispano-visigoda perpetuaba su recuerdo tras la
muerte por otros medios muchos más
humildes como el empleo de estelas.
Hincadas en las cabeceras de los enterramientos, se conocen como cruces
con láurea.
Las necrópolis —literalmente “ciudad
de los muertos” — altomedievales se
emplazaron en sitios visibles, fácilmente distinguibles por la comunidad, y en
torno a centros de culto como garantes de la salvación eterna. Las iglesias,
además de lugares de rito, se convirtieron en punto de encuentro entre la
vida y la muerte. La muerte era cotidiana en la sociedad medieval, el recuerdo por sus difuntos también.
El uso del exterior de los templos
como espacio funerario respondía a
una jerarquía: más valioso cuanto más
próximo a sus muros, en especial la
cabecera. Solo en ciertos casos excepcionales se permitió el enterramiento
en el interior de la iglesia, lo que servía
para enfatizar el prestigio de los difuntos allí inhumados o legitimar su condición. Así ocurrió con el panteón regio asturiano en Oviedo en el siglo IX.
En las zonas rurales, las necrópolis ocupaban promontorios y se asociaban a
iglesias, en muchos casos rupestres o
semirupestres. Una visita al atractivo
valle de Valderredible (Cantabria) no
defraudará en este sentido.
Las necrópolis emergen hoy en día diseminadas por el territorio entre bosques de pinos como Cuyacabras (Burgos) o entre campos de viñedos como
Santa María de la Piscina (La Rioja) con
su magnífico templo romá