Empleo de la Biblia en la « Mística Ciudad de Dios » de Sor María de Ágreda
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fervorizaba para que se corriese y descubriese lo que la inteligencia me manifestaba por sacramento escondido; y a este mi deseo se me respondió: obedece, alma, a lo que se te amonesta y manda; desnúdate de ti misma y se te descubrirá... Corrióse, pues, del todo y vieron mis ojos interiores lo que no sabré decir ni manifestar con palabras. Vi una gran señal en el cielo y signo misterioso; vi una mujer, una señora y reina hermosísima, coronada de estrellas, vestida del sol y la luna a sus pies [ Ap 12, 1 ]. Dijéronme los santos ángeles: Esta es aquella dichosa mujer que vio san Juan en el Apocalipsis, y donde están encerrados, depositados y sellados los misterios maravillosos de la Redención. Favoreció tanto el Altísimo y todopoderoso a esta criatura, que a sus espíritus nos causa admiración. Atiende y mira sus excelencias; escríbelas, que para esto, después de lo que a ti conviene, se te manifiesta » [ MCD I, 5 ].
Ese foco poderoso que fue el Espíritu Santo en los Hagiógrafos que progresiva y homogéneamente nos va desvelando la salvación en la historia de la humanidad, fue María para articular toda la historia de la salvación en la lucha simbólica que se libra en el Apocalipsis, donde se desvela el misterio profundo de María, como columna dorsal no solamente de la Mariología, todo ello inserto en el misterio global de Cristo. Fue el mismo Espíritu Santo el que ocultó tales misterios en el Apoc, pero fueron revelados a María: « Los misterios de esta visión [ cf MCD III, 10-57 ] quedaron impresos en la memoria de san Juan y jamás los olvidó, ni los demás que le fueron revelados de la gran Reina de los ángeles, y con ardentísimo deseo quería el sagrado evangelista dejar noticia de ellos en la santa Iglesia. Pero la humildad prudentísima de María Señora nuestra le detuvo para que mientras ella vivía no los manifestase, antes los guardase ocultos en su pecho para cuando el Altísimo ordenase otra cosa, porque no convenía hacerlos antes manifiestos y notorios. Obedeció el apóstol a la voluntad de la divina Madre. Y cuando fue tiempo y disposición divina que antes de morir el evangelista enriqueciera a la Iglesia con el tesoro de estos ocultos