LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 99

¡AMOR! El romance no fue nada como ella lo haría parecer después. Un par de charlas, un paseo por la playa mientras el resto de la clase disfrutaba un picnic y, en un dos por tres, se estaba escondiendo en un closet con él después de clase y él se lo estaba metiendo sin compasión. Digamos que por fin ella entendió por qué los otros muchachos lo llamaban Jack El Ripio; tenía lo que incluso ella reconocía como un pene enorme, un lingam tamaño Shivá, un destructor de mundos. (Y ella siempre había pensado que lo llamaban Jack the Ripper. Duh!) Más adelante, después de haber estado con El Gángster, se daría cuenta del poco respeto que Pujols le tenía. Pero como en ese entonces no tenía punto de comparación, supuso que lo que debía sentir cuando se lo metieran era como si la atravesaran con un machete. La primera vez le dio más miedo que el carajo y le dolió con cojones (¡pordió!), pero nada podía haber borrado la sensación de que al fin estaba en camino, como en un viaje que comenzaba, un primer paso, el inicio de algo grande. aceptar al muchacho como suyo que Trujillo reconoció a Ramfis. (¡Gracias, Papi!) Fue el «famoso» hijo que El Jefe hizo coronel a los cuatro años y general de brigada a los nueve (lo conocían cariñosamente como Lil' Fuckface). De adulto, Ramfis tenía fama de jugador de polo, de acostarse con actrices americanas (Kim Novak, ¿cómo pudiste?), de estar en batalla constante con el padre y de ser un demonio sin corazón y cero de humanidad. Fue él quien dirigió personalmente la indiscriminada tortura y los asesinatos de 1959 y 1961 (después de que asesinaran a su padre, Ramfis se ocupó él mismo de la horrible tortura de los conspiradores). (En un informe secreto del cónsul de Estados Unidos, actualmente disponible en la Biblioteca Presidencial de JFK, Ramfis aparece descrito como «desequilibrado», un hombre que durante su niñez tuvo como diversión soplarles las cabezas a las gallinas con un revólver .44.) Ramfis huyó del país después de la muerte de Trujillo, llevó una vida disoluta con el producto del robo de su padre y murió en un accidente automovilístico que él mismo provocó en 1969; el otro carro llevaba a la duquesa de Albuquerque, Teresa Beltrán de Lis, quien murió al instante; el muy cabrón se la pasó asesinando hasta el último segundo.