LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 82

recuerdo de aquellos primeros años de vida en que había sido huérfana, de las cicatrices horribles de aquel tiempo, de su propia y despreciada piel negra. Pero no sabía decir adonde quería escapar. Me imagino que nada hubiera cambiado si hubiera sido una princesa que habitara un alto castillo o si la antigua mansión de sus padres —la gloriosa Casa Hatuey— hubiera sido rescatada milagrosamente del Efecto Omega de Trujillo. Siempre hubiera querido escapar. Cada mañana la misma rutina. Muchacha del Diablo, ¡ven acá! Tú ven acá, Beli murmuraba. Tú. Beli tenía los anhelos incipientes de casi todos los adoles- centes escapistas, de una generación completa, pero les pre- gunto: ¿Y qué? No existía optimismo capaz de obviar el duro hecho de que era una adolescente que vivía en la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo Molina, el Dictador más Dictador de todas las Dictaduras de la Historia. Era un país, una sociedad, diseñada para que fuera prácticamente im- posible escapar. El Alcatraz de las Antillas. No había agujero de Houdini en la Cortina de Plátano. Las posibilidades eran tan escasas como los tainos, y aún más raras para las flacas irascibles de piel morena y modestos recursos. (Si se quisiera proyectar su desasosiego a una luz más amplia: sufría la misma asfixia que ahogaba a una generación entera de jóvenes dominicanos. Veinte y pico años de trujillato lo habían garantizado. La suya sería la generación que pondría en marcha la revolución, pero que de momento se amorataba por falta de aire. Era la generación que empezaba a tener conciencia en una sociedad que carecía de ella. Una generación que a pesar del consenso que declaraba el cambio una imposibilidad, se moría de todos modos por que hubiera un cambio. Al final de su vida, cuando el cáncer se la comía viva, Beli hablaría de lo atrapados que todos se sentían. Era como estar en el fondo del mar, diría. Sin luz y con todo el océano arriba, aplastándonos. Pero la mayoría de la gente se había acostumbrado hasta tal punto que lo veía normal. Había olvidado que arriba había otro mundo.)