LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 67
primeras dos semanas. Es que ya no podía más con la escuela.
Tenía algo por dentro que no me dejaba. Por supuesto que no
ayudaba para nada que estuviera leyendo El manantial y
hubiera decidido que yo era Dominique y que Aldo era Roark.
Estoy segura que habría podido quedarme ahí mismo para
siempre, a punto de dar el salto aunque paralizada por el miedo,
pero lo que todos habíamos estado esperando por fin sucedió.
Mi mamá lo anunció en la cena, con mucha reserva. Quisiera
que ambos me escucharan: el doctor tiene que hacerme más
pruebas.
Oscar parecía a punto de estallar en lágrimas. Bajó la cabe-
za. ¿Y mi reacción? La miré y dije: ¿Me pasas la sal, por favor?
Hoy no la culpo por haberme dado aquel pescozón, porque
en ese momento era precisamente lo que yo necesitaba. Nos
abalanzamos una sobre la otra y la mesa se cayó y el sancocho
se derramó por el piso y Óscar, parado en una esquina, nos
rogaba, ¡Ya! ¡Ya! ¡No sigan!
Hija de tu maldita madre, chillaba ella. Y yo le contesté:
Esta vez espero que te mueras.
Por un par de días la casa fue zona de guerra y entonces, el
viernes, me dejó salir del cuarto y me permitió sentarme a su
lado en el sofá a ver la novela. Estaba esperando el resultado de
las pruebas, pero no habría quien dijera que sabía que su vida
estaba en juego. Miraba la TV como si fuera lo único que im-
portara y cada vez que uno de los personajes hacía algo mal-
vado, alzaba y agitaba los brazos. ¡Alguien tiene que pararla!
¿No pueden ver lo que hace esa puta?
Te odio, dije en una voz muy bajita que ella no oyó. Ve y
tráeme un poco de agua, dijo. Ponle hielo.
Fue lo último que hice por ella. A la mañana siguiente me
monté en la guagua rumbo a Jersey Shore. Un bolso, doscien-
tos dólares de propinas y el cuchillo viejo de tío Rudolfo. Me
moría de miedo. No podía dejar de temblar. Durante todo el
viaje, estuve esperando que el cielo se abriera, que mi mamá
apareciera y me agarrara. Pero no fue así. Con excepción del
hombre sentado del otro lado del pasillo, nadie ni siquiera me