LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 68

notó. Eres bella, dijo. Como una muchacha que conocí una vez. Ni siquiera les dejé una nota. ¡Cuánto los odiaba! O más bien, cuánto la odiaba. Esa noche, en el cuarto de Aldo, caluroso y con hedor a arenero de gato, le dije: Quiero que me lo hagas. Comenzó a desabrochar mis pantalones. ¿Estás segura? Segurísima, dije, en tono severo. Tenía un ripio finito y largo que me hizo un daño de cojo- nes, pero todo el tiempo le susurré, Oh, sí, Aldo, sí, porque eso era lo que imaginaba se debía decir mientras se perdía la «virginidad» con un muchacho que una supuestamente amaba. Fue lo más estúpido que hice en toda mi vida. Estaba depre. Y aburridísima. Pero, por supuesto, no podía admitirlo. Me había fugado, ¡así que era feliz! ¡Feliz! A Aldo se le había olvidado mencionar en todas esas conversaciones en que me pedía que viniera a vivir con él que su papá lo odiaba como yo odiaba a mi mamá. Aldo El Viejo había estado en la Segunda Guerra Mundial y nunca había perdonado a los «japos» por la muerte de tantos amigos. Mi papá es un mentiroso de mierda, dijo Aldo. Nunca dejó la base de Fort Dix. No creo que el viejo me dijera cuatro palabras en todo el tiempo que viví con ellos. Era un viejito malvado que incluso cerraba la nevera con candado. Que ni se te ocurra tratar de abrirla, me amenazó. Ni siquiera nos dejaba sacar cubitos de hielo. Aldo y su papá vivían en una casita de una sola planta, muy ordinaria, y Aldo y yo dormíamos en un cuarto donde su papá tenía el arenero para sus dos gatos; por la noche nosotros lo trasladábamos al vestíbulo, pero él siempre se despertaba antes que nosotros y nos lo metía de nuevo en el cuarto. Les dije que no me tocaran mi mierda. Lo que era cómico, si uno lo piensa. Pero en ese momento no lo fue. Conseguí un trabajo vendiendo papitas fritas en el malecón, y entre el aceite caliente y el pipí de los gatos no podía oler más nada. En mis días libres bebía con