LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Página 65

quimio la había hecho perder el tino, así que cuando llamó para decir que yo no podía seguir trabajando, mi jefe me alcanzó el teléfono y se quedó mirando a sus clientes medio apenado. Cuando cambió las cerraduras de la casa - yo había empezado a llegar tarde, iba al Club Limelight porque, aunque solo tenía catorce años, parecía de veinticinco- le tocaba en la ventana a Óscar y él me dejaba entrar, asustado porque al día siguiente mi mamá andaría corriendo y gritando por toda la casa, ¿Quién carajo dejó entrar a esta hija de la gran puta en la casa? ¿Quién? ¿Quién? Y Óscar estaría desayunando en la mesa, balbuceando, Yo no sé, Mami, no sé. Su rabia llenaba la casa como humo rancio. Se impregnaba en todo, en el pelo y la comida, como el polvillo radiactivo que nos dijeron en la escuela que caería un día, suave como la nieve. Mi hermano no sabía qué hacer. Permanecía en su cuarto, aunque de vez en cuando me preguntaba muy angus- tiado qué pasaba. Nada. Me lo puedes contar, Lola, decía, pero yo solo me reía. Tienes que bajar de peso, le contestaba. En esas últimas semanas yo sabía que era mejor que ni me acercara a mi mamá. Casi siempre me miraba atravesado, pero a veces, sin yo esperarlo, me agarraba por el cuello y no me soltaba hasta que lograba zafarle los dedos. No me dirigía la palabra a menos que fuera para amenazarme de muerte. ¡Cuando seas grande te encontrarás conmigo en un callejón oscuro cuando menos lo esperes y entonces te mataré y nadie lo sabrá! Se le notaba el deleite al decirlo. Estás loca, le respondía. No me digas loca, decía, y entonces se sentaba, jadeando. Fue terrible, pero nadie imaginó lo que vino después. Y, si se mira bien, era tan obvio. Me había pasado la vida amenazando con que un día iba a desaparecer y ya. Y así fue.