LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 59

advertencia, sientes algo. Un nudo justo bajo su piel, apretado y se- creto como un complot. Y en ese momento, por razones que nunca lle- garás a entender, te sobrecoge una sensación, un presentimiento, de que algo en tu vida está a punto de cambiar. Te mareas y puedes sentir tu sangre palpitar, un golpe, un ritmo, un tambor. Luces brillantes resplandecen a través tuyo, como torpedos de fotones, como cometas. No sabes cómo o por qué, pero no tienes la menor duda. Es estimu- lante. Toda la vida has sido medio bruja; hasta tu mamá lo admite a regañadientes. Hija de Liborio, te llamó cuando escogiste los números ganadores de la lotería de tu tía, y tú pensaste que Liborio era algún pariente. Eso fue antes de Santo Domingo, antes de que supieras de la Gran Potencia de Dios. Lo siento, dices, en voz demasiado alta. Lo siento. Y ahí mismo, todo cambia. Antes de que termine el invierno, los médicos le extirpan el seno que tú amasabas y el ganglio axilar. De- bido a las operaciones, le será difícil levantar el brazo sobre la cabeza durante el resto de su vida. Se le empieza a caer el pelo y un día se lo arranca todo ella misma y lo mete en una bolsa de plástico. Tú cambias también. No enseguida, pero cambias. Y es en ese cuarto de baño donde todo empieza. Donde tú comienzas. Una muchacha punk. En eso me convertí. Una fanática punk de Siouxie and the Banshees. Los muchachos puertorriqueños de la cuadra no podían parar de reírse cuando veían mi pelo -me llamaban Blácula— y los morenos no sabían qué decir. Terminaron llamándome devil-bitch. ¡Oye, Cerbero, oye tú, oye\ Mi tía Rubelka pensaba que tenía alguna enfermedad mental. Hija, me dijo mientras freía pastelitos, quizá tú nece- sitas ayuda. Pero mi mamá fue la peor. Es el colmo, gritó. El colmo. Pero para ella todo era el colmo. Por la mañana, cuando yo bajaba y ella estaba en la cocina haciendo el café en greca y oyendo Radio WADO, me miraba y se encojonaba de nuevo, como si durante la noche se le hubiera olvidado quién yo era. Mi mamá era una de las mujeres más altas de Paterson, y su cólera era igual de grande. Te agarraba con esos brazos largos como si fueran un par de pinzas y, si mostrabas debilidad, aca-