LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 58

papá nunca se cansó de ellos, alardeaba siempre. Pero dado al hecho de que desapareció al tercer año de su unión, parece que, al final, si se cansó. Temes las conversaciones con tu mamá. Siempre son regaños unilaterales. Imaginas que te ha llamado para darte otro sermón sobre tu dieta. Tu mamá está convencida de que si comes más plátanos ad- quirirás repentinamente sus mismas extraordinarias características se- xuales secundarias y pararás el tráfico igual que ella. Incluso a esa edad no eras más que la hija de tu madre. Tenías doce años y ya eras tan alta como ella, una ibis de cuello largo y delgado. Tenías sus ojos verdes (aunque más claros) y su pelo lacio que te hace parecer más hindú que dominicana y un trasero del cual los muchachos no pueden parar de hablar desde el quinto grado y cuya atracción todavía no entiendes. Tienes su tez también, lo que quiere decir que eres oscura, morena. Pero a pesar de todas las semejanzas, las mareas de la he- rencia todavía no alcanzan tu pecho. Tus senos apenas se insinúan; vista desde cualquier ángulo , eres tan plana como un tablero, e ima- ginas que va a ordenarte otra vez que dejes de usar brasieres porque están sofocando tus pechos incipientes, desalentándolos. Estás lista para discutir con ella hasta la muerte porque tienes hacia los brasieres un sentido de posesión tal como de los kotex que ahora te compras tú misma. Pero no, ella no dice una sola palabra sobre comer más plátanos. Toma tu mano derecha y te guía. Tu mamá es torpe en todo, pero esta vez se muestra delicada. No la creíste capaz de ello. ¿Sientes eso?, te pregunta en su voz ronca que te es demasiado familiar. Al principio todo lo que sientes es el calor de su cuerpo y la densi- dad del tejido, como un pan que nunca dejó de subir. Ella se amasa con tus dedos en sí misma. Nunca has estado más cerca de ella que ahora y tu respiración es lo único que oyes. ¿No sientes eso? Se vuelve hacia ti. Coño, muchacha, deja de mirarme y tócame. Así que cierras los ojos y tus dedos presionan hacia abajo y estás pensando en Helen Keller y que cuando eras pequeña querías ser ella, aunque un poco más monjil, y entonces, de buenas a primeras y sin