LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 46

tratando de mantenerse en su radar, tremenda película. Ana asintió; olía a un perfume que él no podía identificar y, cuando se le acercó, el calor de su cuerpo era vertiginoso. Al regresar a la casa, Ana se quejó de un dolor de cabeza y no hablaron mucho. Intentó poner el radio, pero ella dijo: No, me está matando el dolor de cabeza. Él bromeó, ¿Quieres un poco de cocaína? No, Óscar. Así que se reclinó y vio cómo el edificio Hess y el resto de Woodbridge se deslizaban a través de una maraña de pasos elevados. De repente se dio cuenta de lo cansado que estaba; el nerviosismo que lo había atormentado toda la noche lo había dejado exhausto. Mientras más tiempo pasaban sin hablar, más taciturno estaba. Solo es una salidita al cine, se decía, tampoco es como si fuera una cita. Ana estaba inexplicablemente triste y se mordía la parte inferior del labio, una verdadera bemba, hasta que casi toda la pintura labial se le pegó a los dientes. Él iba a hacer un co- mentario, pero decidió no hacerlo. ¿Estás leyendo algo bueno? No, dijo ella. ¿Y tú? Estoy leyendo Dune. Ella movió la cabeza. Odio ese libro. Alcanzaron la salida de Elizabeth, el lugar que hace real- mente conocido a Nueva Jersey, con desechos industriales a ambos lados de la carretera de peaje. Él había comenzado a contener la respiración para no aspi- rar los horribles gases cuando Ana soltó un grito que lo lanzó contra la puerta del carro. ¡Elizabeth! chilló. ¡Cierra esas fokin piernas! Entonces lo miró, echó hacía atrás la cabeza y se rió a car- cajadas. Cuando regresó a la casa, su hermana preguntó: ¿Bueno? Bueno ¿qué? ¿Rapaste con ella? Por Dios, Lola, dijo, ruborizado. No me digas mentiras.