LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 38
Y ahí mismo se dio cuenta de algo de sus amigos que no
había sabido (o, por lo menos, no había querido admitir). Ahí
mismo tuvo una revelación que resonó por toda su gordura.
Supo que sus panas —los mismos jodidos que leían comics, ju-
gaban a rol y estaban tan perdidos como él en cualquier de-
porte— se avergonzaban de él.
Le quitaron el andamio de debajo de los pies. Terminó el
juego temprano, los Exterminators encontraron inmediatamente
la guarida de los Destroyers. Tremenda mierda, se quejó Al.
Después de despedirse de ellos, Óscar se encerró en su cuarto,
se echó en la cama un par de horas, estupefacto, luego se
levantó, se quitó la ropa en el baño, que ya no tenía que
compartir porque su hermana estaba en Rutgers, y se examinó
en el espejo. ¡La grasa! ¡Las millas de estrías en su cuerpo! ¡La
horripilante tumescencia de sus proporciones! Parecía salido de
un comic de Daniel Clowes. Recordaba al gordito negruzco de
Palomar del comic de Beto Hernández.
Por tu madre, susurró. Soy un morlock.
Al día siguiente, en el desayuno, le preguntó a su mamá:
¿Soy feo?
Ella suspiró. Bueno, hijo, a mí no te pareces.
¡Los padres dominicanos! ¡Qué joyas!
Se pasó una semana entera mirándose en el espejo, dando
vueltas, procesando, sin retroceder, y al final decidió ser como
Roberto Duran: No más. Fue a la barbería y Chucho le afeitó
el afro puertorriqueño (Espérate un minutito, dijo el socio de
Chucho, ¿tú eres dominicano?). Óscar se quitó el bigote y
después los espejuelos; se compró lentes de contacto con el
dinero que ganaba en el almacén de madera. También trató de
pulir un poco lo que quedaba de su dominicanidad para ver si
se parecía un poco más a sus jactanciosos primos porque había
comenzado a sospechar que la respuesta podría estar en la
actitud hipervaronil latina de ellos. Pero la pura verdad es que
ya había pasado su momento, ya no era candidato para
soluciones rápidas. Cuando Al y Miggs lo volvieron a ver, lle-