LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | страница 35

Jersey City, las Oranges, Union City, West New York, Wee- hawken, Perth Amboy -una franja urbana que todo el mundo conocía como Negrápolis. En otras palabras, estaba rodeado por todas partes de hembras caribeñas e hispanoparlantes. Ni siquiera se podía esconder en su propia casa; las amigas de su hermana siempre estaban presentes, como huéspedes permanentes. Cuando estaban cerca, Óscar no necesitaba las Penthouse Las amigas de Lola no eran tan inteligentes pero es- taban requetebuenas: la clase de jevitas latinas que solo salían con morenos musculosos o latino cats que guardaban armas de fuego en la casa. Todas eran miembros del equipo de volei-bol, altas y en buena forma, y cuando salían a correr parecían el equipo de campo y pista de un paraíso terrorista. Eran las ciguapas del condado de Bergen: la primera era Gladys, que siempre se quejaba de tener las tetas demasiado grandes, por- que de haber sido más pequeñas, quizá sus novios hubieran sido normales; Marisol, que terminaría en el MIT y odiaba a Óscar, pero que era la que a él más le gustaba; Leticia, acaba-dita de bajar de la yola, mitad dominicana y mitad haitiana, esa mezcla especial que el gobierno dominicano jura que no exíste, y que hablaba con un acento más que pronunciado, ¡una muchacha tan buena que se había negado a acostarse con tres novios consecutivos!. No hubiera sido tan terrible si estas jevitas no hubieran tratado a Óscar como al guardia sordomudo del harén, dándole órdenes, mandándolo a hacer todas sus diligencias, riéndose de sus juegos y de su apariencia. Y, para colmo, hablando con todo lujo de detalles de sus vidas sexuales, como si él no existiera. Sentado en la cocina, con el último número de la revista Dragón en sus manos, les gritaba: Si no se han dado cuenta, hay un ser humano masculino presente. ¿Dónde?, Marisol decía con indiferencia. Yo no lo veo. Y cuando se quejaban de que a los muchachos latinos solo les gustaban las blancas, siempre se ofrecía: A mi me gustan las hispanas. A lo que Marisol siempre respondía con muchísima condescendencia, Bárbaro, Óscar, bárbaro, salvo que no hay una hispana que quiera salir contigo.