LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 33

lidad era más fantasmal que otra cosa porque ninguna jevita jamás se dio por enterada. De vez en cuando se estremecían o cruzaban los brazos cuando les pasaba cerca, pero eso era todo. Lloraba a menudo por el amor que sentía por una muchacha u otra. Lloraba en el baño, donde nadie podía oírlo. En cualquier otro lugar del mundo su promedio de bateo triple cero con las muchachas podía haber pasado inadvertido, pero se trataba de un varoncito dominicano, de una familia dominicana: se suponía que fuera un tíguere salvaje con las hembras, se suponía que las estuviera atrapando a dos manos. Por supuesto que todo el mundo se dio cuenta de su poco juego y, como eran dominicanos, todo el mundo los comentó. Un fracatán de familiares lo aconsejó. El tío Rudolfo (que recién había salido de su última residencia carcelaria y ahora vivía en la casa de ellos en Main Street) fue particularmente generoso con su tutela. Escúchame, palomo, coge una muchacha y méteselo ya. Eso lo resuelve todo. Empieza con una fea. ¡Coge una fea y méteselo! El tío Rudolfo tenía cuatro hijos con tres mujeres diferentes así que no había duda alguna de que era el experto de la familia en lo del méteselo. ¿El único comentario de su mamá? Lo que tiene que preo- cuparte son tus notas. Y en momentos de mayor introspección: Dale gracias a Dios que no te tocó mi suerte, hijo. ¿Qué suerte?, resopló el tío. A eso me refiero, convino. ¿Y sus panas Al y Miggs? Bróder, estás hecho un gordiflón, ¿no? ¿Y su abuela, La Inca? ¡Hijo, eres el hombre más buen mozo que conozco! La hermana de Óscar, Lola, era mucho más práctica. Ahora que había concluido su temporada de locura —¿qué muchacha dominicana no pasa por una?— se había convertido en una de esas dominicanas duras de Jersey, corredora de largas dis- tancias, con su propio carro, su propio talonario de cheques, que le decía «perros» a los hombres y se comía al que le daba la gana sin una gota de vergüenza, especialmente si el tipo tenía baro. Cuando estaba en el cuarto grado la había asaltado un