LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 32
al hablar con los tipos del barrio que apenas lograrían graduarse
de la secundaria. Era uno de esos nerds que usaban la biblioteca
como escondite, que adoraban a Tolkien y, más adelante, las
novelas de Margaret Weis y de Tracy Hickman (su personaje
preferido era, por supuesto, Raistlin), y, durante la década de
los ochenta, desarrolló una obsesión con el Fin del Mundo (no
existía una película o libro o juego apocalíptico que no hubiera
visto o leído o jugado: Wyndham y Chris-topher y Gamma
World eran sus grandes favoritos). ¿Se hacen una idea? Su
nerdería adolescente evaporaba la menor oportunidad de un
romance. Todos los demás experimentaban el terror y la dicha
de sus primeros enamoramientos, sus primeros encuentros, sus
primeros besos, mientras que Oscar se sentaba en el fondo del
aula, detrás de la pantalla en la que coordinaba los juegos de
Dragones y Mazmorras y veía su adolescencia pasar. Del carajo
eso de quedarse fuera en la adolescencia, como atrapado en un
closet en Venus cuando el sol aparece por primera vez en cien
años. De haber sido él como los nerds con quienes yo me crié, a
los que no les importaban las hembras, la cosa hubiera sido
distinta, pero él seguía siendo el enamorao que se apasionaba
con vehemencia. Tenía amores secretos por todo el pueblo, la
clase de muchachotas de cabellos rizados que no le hubieran
dicho ni pío a un loser como él, pero él no podía dejar de soñar
con ellas. Su capacidad para el cariño —esa masa gravitacional
de amor, de miedo, de anhelo, de deseo y de lujuria que dirigía
a todas y cada una de las muchachas del barrio sin importarle
mucho su belleza, edad, o disponibilidad— le partía el corazón
todos los días. Y a pesar de que lo consideraba de una fuerza
enorme, en rea-
ta. Al pasar las horas, su mamá lo encontraba y lo sacaba de nuevo. ¿Qué carajo te
pasa?
(Y ya, en los desechos de papel, en sus libros de composición, en el dorso de
sus manos, comenzaba a garabatear, nada serio por el momento, apenas
borradores de sus historias preferidas, sin imaginar que esos pastiches chapuceros
definirían su Destino.)