LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Página 274

dillescos que la convención de la MLA celebra a las ocho de la mañana: interminable. Coño, dijo el Gorila Grod, este chamaco me ha hecho sudar. Casi todo el tiempo se turnaron dando golpes, pero a veces lo hacían juntos y hubo momentos en que Óscar estaba seguro que tres hombres, y no dos, lo golpeaban, que el hombre sin rostro de frente al colmado se les había unido. Hacia el final, cuando la vida comenzó a esfumársele, Óscar se encontró cara a cara con su abuela: estaba meciéndose en su sillón y, al verlo, gruñó, ¿Qué te dije de las putas? ¿No te dije que te iban a matar? Y entonces al fin Grod brincó sobre su cabeza con ambas botas y, en ese mismo momento, Óscar hubiera podido jurar que había un tercer hombre parado detrás de unas cañas, pero antes que Óscar pudiera ver su cara vinieron las Buenas No- ches, Dulce Príncipe, y sintió que caía otra vez, que caía directo en la Ruta 18 y no había nada que pudiera hacer, nada en absoluto que lo detuviera. CLIVES AL RESCATE Lo único que impidió que pasara el resto de su vida en aquella crujiente caña sin fin fue que Clives, el taxista evangélico, ha- bía tenido la valentía y la inteligencia y, sí, la bondad de seguir a los polis a escondidas y, cuando se marcharon, encendió las luces del carro y fue a donde habían estado. No tenía linterna. Después de casi media hora de andar en la oscuridad, estaba a punto de abandonar la búsqueda hasta la mañana siguiente cuando oyó a alguien cantar. Una voz agradable, que conste, y Clives, que cantaba en su congregación, sabía la diferencia. Se dirigió a todo correr al lugar de donde procedía y, cuando apenas había apartado los últimos tallos, un enorme viento rasgó el cañaveral y por poco lo tumba, como si se tratara del primer golpe de un huracán, como la ráfaga de un ángel en despegue, y entonces, con la misma rapidez con que se