LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 272

Óscar intentó saltar del carro, pero el Gorila Grod le dio un codazo tan fuerte que todos sus deseos de pelear se esfumaron. Noche en Santo Domingo. Apagón, por supuesto. Hasta el Faro apagado toda la noche. ¿Adónde lo llevaron? Adónde va a ser. A los cañaverales. ¿Cómo les cae eso como regreso eterno? Óscar estaba tan desconcertado y asustado que se meó. ¿Tú no te criaste por aquí?, preguntó Grundy a su amigo más prieto. Mamagüevo estúpido, me crié en Puerto Plata. ¿Estás seguro? Me parece que hablas un poco de francés. Durante el viaje, Óscar trató de encontrar su voz, pero no pudo. Estaba demasiado trastornado. (En situaciones como esta, siempre había supuesto que su héroe secreto se presentaría y se pondría a partir pescuezos, á la Jim Kelly, pero era evi- dente que su héroe secreto había salido a comerse una empa- nada.) Todo parecía moverse con tanta rapidez. ¿Cómo había sucedido esto? ¿Dónde había metido la pata? No lo podía creer. Iba a morir. Trató de imaginarse a Ybón en el entierro, en su vestido negro casi transparente, pero no pudo. Vio a su mamá y a La Inca en el cementerio. ¿No te lo advertimos? ¿No te lo advertimos? Veía cómo Santo Domingo se deslizaba y se sentía imposiblemente solo. ¿Cómo podía suceder esto? ¿A él? Era aburrido, gordo y tenía tanto miedo. Pensó en su mamá, en su hermana, en todas las miniaturas que no había pintado todavía, y se echó a llorar. Tranquilízate, le dijo Grundy, pero Óscar no podía parar, ni siquiera cuando se llevó las manos a la boca. Viajaron mucho tiempo y entonces, al fin, se detuvieron de repente. En los cañaverales, los Señores Grod y Grundy sa- caron a Óscar del carro. Abrieron el maletero, pero las baterías de la linterna se habían gastado, así que tuvieron que ir a un colmado, comprar baterías y regresar. Mientras discutían el precio con el dueño del colmado, Óscar pensó escapar, saltar del carro y salir corriendo por la calle, gritando, pero no pudo hacerlo. El miedo es lo que aniquila la mente, cantó en su ca- beza, pero no podía obligarse a actuar. ¡Estaban armados! Miró