LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 25
era bella y Olga no; Olga olía a veces a pis y Maritza no.
Maritza podía venir a su casa y Olga no (¿Una puertorriqueña
aquí?, su madre decía con desdén. ¡Jamás!). Su lógica mate-
mática, como la de los insectos, era de sí o no. Rompió con
Olga al día siguiente en el patio, con Maritza a su lado, ¡y
cómo lloró Olga! ¡Temblaba, con sus trapitos de segunda mano
y con unos zapatos cuatro números más grandes! ¡Se le salían
los mocos de la nariz y todo!
Años después, cuando él y Olga se habían convertido en
unos monstruos gordos, Óscar a veces no podía reprimir la
sensación de culpabilidad cuando la veía cruzar la calle a zan-
cadas, o con la mirada en blanco, cerca de la parada de la gua-
gua en Nueva York; no podía dejar de preguntarse cuánto había
contribuido la manera tan fría con que se separó de ella a su
actual desmoronamiento. (Recordaba que cuando se pelearon
no sintió nada; incluso cuando ella comenzó a llorar, no se
había conmovido. Le dijo: Don't be a baby.)
Lo que sí le dolió fue cuando Maritza lo dejó a él. El lunes
después de mandar a Olga pal carajo, Óscar llegó a la parada de
la guagua con su lonchera de El planeta de los simios y des-
cubrió a la bella Maritza de manos con el feísimo Nelson Pardo.
¡Nelson Pardo, que se parecía a Chaka de La tierra de los
perdidosl Nelson Pardo, tan estúpido que pensaba que la luna
era una mancha que a Dios se le había olvidado limpiar (de eso
se ocupará pronto, le aseguró a toda la clase). Nelson Pardo,
que se convertiría en el experto de robos a domicilio del barrio
antes de alistarse en los marines y perder ocho dedos de los pies
en la primera Guerra del Golfo. Al principio, Óscar pensó que
era un error, que el sol le cegaba los ojos y que no había
dormido lo suficiente la noche anterior. Se paró al lado de ellos
y admiró su lonchera, lo realista y diabólico que se veía Dr.
Zaius. ¡Pero Maritza ni le sonreía] Actuaba como si él no
existiera. Debiéramos casarnos, ella le dijo a Nelson. Y Nelson
hizo unas muecas morónicas, mirando hacia la calle para ver si
venía la guagua. Óscar estaba demasiado angustiado como para
hablar; se sentó en la acera y sintió una oleada aplastante que le