LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 246

la cabeza y nunca le daba sus mensajes, así que dejó que se desvaneciera, que se desvaneciera. ¿Vida social? En aquel primer par de años después de su regreso no tuvo ninguna. Una vez por semana iba al centro comercial de Woodbridge y chequeaba los RPG en Game Room, los cómics en Héroes World y las novelas de fantasía en Waldenbooks. El circuito de los nerds. Miraba fijamente a la negrita, flaca como un palillo, que trabajaba en Friendly's, de quien estaba enamorao pero con quien nunca hablaría. A Al y a Miggs no los había visto en mucho tiempo. Los dos habían dejado la universidad, Monmouth y Jersey City State, respectivamente, y ambos tenían empleo en el mismo Blockbuster del otro lado de la ciudad. Es probable que los dos terminaran en la misma tumba. A Maritza tampoco la vio más. Se enteró que se había ca- sado con un cubano, que vivía en Teaneck y tenía un chichi y todo eso. ¿Y Olga? Nadie sabía nada. Se decía que había tratado de robar el Safeway local, estilo Dana Plato: ni se molestó en ta- parse la cara aunque allí todos la conocían. Se rumoraba que todavía estaba en Middlesex y que no la soltarían hasta que todos tuvieran más de cincuenta años. ¿Ninguna muchacha lo amaba? ¿Ni una muchacha en su vida? Ni una. Por lo menos en Rutgers había multitudes y una cierta presencia institucional que permitía a un muíante como él acercarse sin causar pánico. En el mundo real no era tan sencillo. En el mundo real las muchachas se volvían con re- pugnancia a su paso. Cambiaban de asiento en el cine y en la guagua Crosstown una mujer una vez le dijo que ¡dejara de pensar en ella! Sé lo que tienes en mente, le dijo, entre dientes. Así que no sigas. Soy el eterno soltero, escribió en una carta a su hermana, que había abandonado Japón para venir a Nueva York a estar con-