LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 245
seguidos, sus libros preferidos atractivamente dispuestos,
escuchando el rugir de los pasos en retirada por los pasillos, el
grito ocasional de ¡Teletranspórta-me! y ¡Vida larga y
próspera! del otro lado de la puerta; luego, después de treinta
minutos de nada, recogió sus libros, cerró el aula con pestillo y,
desandando por esos mismos pasillos, solo, oyó sus propios
pasos que sonaban curiosamente delicados.
Su única amiga en la facultad era una alterna-latina laica,
de veintinueve años, que se llamaba Nataly (sí, le recordaba a
Jenni, quitando la escandalosa hermosura, quitando el ardor).
Nataly había estado ingresada cuatro años en un hospital
psiquiátrico (los nervios, decía) y era una Wiccan confesa. Su
novio, Stan the Can, a quien había conocido en el manicomio
(«nuestra luna de miel»), trabajaba como técnico de EMS con
los paramédicos y, Nataly le dijo a Óscar, por alguna razón los
cadáveres que veía tirados por las calles lo dejaban recho. Stan,
dijo Óscar, parece un individuo muy curioso. Dímelo a mí,
suspiró Nataly. A pesar de su fealdad y de la niebla medicinal
en que Nataly habitaba, Óscar tuvo con ella fantasías bastante
extrañas, estilo Harold Lauder. Puesto que no era lo
suficientemente
atractiva
como
para
salir
con
ella
abiertamente, imaginaba una de esas relaciones retorcidas que
existían solo en la cama. Imaginaba que entraba en su aparta-
mento y le ordenaba desnudarse y que, encuera, le cocinara
harina de maíz. Dos segundos después, estaría arrodillándose
en los mosaicos de la cocina solo con un delantal, mientras que
él permanecía completamente vestido.
A partir de ahí las cosas se hacían aún más extrañas.
Al final de su primer año, a Nataly, que se metía un palo de
whisky entre clase y clase, que lo había introducido a Sand-
man y a Eightball y que le pedía prestado un montón de dinero
y nunca se lo devolvía, la trasladaron a Ridgewood. Yahoo,
dijo con el mismo tono inexpresivo de siempre, los suburbios.
Y ahí terminó su amistad. Trató de llamarla un par de veces,
pero el novio paranoico parecía vivir con el teléfono soldado a