LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 235

Creo que debemos ser muy claros y muy honestos en lo relativo al estado de ánimo de La Inca en el período que he- mos estado llamando la Caída. A pesar de algunas afirmacio- nes de que durante la Caída vivía en exilio en Puerto Rico, en realidad La Inca estaba en Baní, lejos de su familia, de luto por la muerte de su esposo tres años antes. (Aclaración para aquellos que tienden a ver conspiraciones por todas partes: su muerte se produjo antes de la Caída, de modo que es seguro que no fue su víctima.) Los primeros años de luto habían sido difíciles; su marido había sido la única persona a quien ella había amado en la vida, que la había amado a ella de verdad, y se habían casado pocos meses antes de su muerte. Estaba perdida en el yermo de su pena, así que cuando le llegó la noticia de que su primo Abelard tenía grandes problemas con Trujillo, La Inca, para su imperecedera vergüenza, no hizo nada. Estaba demasiado dolida. ¿Y qué podía haber hecho? Cuando le llegaron las noticias de la muerte de Socorro y la distribución de las hijas, para su eterna vergüenza, no hizo nada. Que el resto de la familia lo resolviera. Solo cuando supo de la muerte de Jackie y Astrid dejó al fin a un lado su largo malestar el tiempo suficiente para comprender que, marido difunto o no, luto o no, había fallado por entero en sus responsabilidades hacia su primo, que siempre había sido tan bueno con ella y que había apoyado su matrimonio a pesar de la oposición del resto de la familia. Esta revelación la avergonzaba y mortificaba. Se arregló y fue a buscar a la tercera y última hija, pero cuando llegó a la familia en Azua que había comprado a la niña, le mostraron una pequeña tumba, y eso fue todo. Tenía fuertes sospechas sobre esta familia malvada y sobre lo ocurrido con la niña, pero como no era vidente o CSI, no podía hacer nada más. Tenía que aceptar que la niña había muerto y que era, en parte, culpa suya. Un resultado positivo de toda esa vergüenza y culpa fue que la sacó de sopetón del luto. Volvió a la vida. Abrió una cadena de panaderías. Se dedicó a servir a su clientela. De vez en cuando soñaba con la negrita, la última de la simiente de su primo difunto. Hola tía, le saludaba la niña, y La Inca despertaba con un nudo en el pecho.