LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 229
grupos de derechos civiles, no se unieron los partidos de
oposición a la causa. Negro, por favor: no había periódicos ni
grupos de derechos civiles ni partidos de oposición:
solamente
había
Trujillo.
Y
háblese
luego
de
la
jurisprudencia: el abogado de Abelard recibió una llamada
telefónica de Palacio y abandonó de inmediato la apelación.
Es mejor que no digamos nada, le aconsejó a Socorro. Vivirá
más tiempo. No decir nada, decir todo... lo mismo daba. Era
la Caída. La casa de catorce cuartos en La Vega, el
apartamento lujoso en Santiago, los establos que habían
alojado cómodamente una docena de caballos, los dos
prósperos
supermercados
y
la
cadena
de
fincas
desaparecieron en la detonación, todo confiscado por el
trujillato, disperso entre El Jefe y sus subalternos, dos de los
cuales habían estado con Abelard la noche que dijo The Bad
Thing. (Podría revelar sus nombres, pero creo que ustedes ya
conocen a uno de ellos: era cierto vecino muy de confianza.)
Pero ninguna desaparición fue más total, más final, que la de
Abelard.
Perder la casa y todas las propiedades era normal en el
trujillato, pero la detención (o, por si les gusta más lo
fantástico: ese libro) precipitó un descenso sin precedentes en
la fortuna de la familia. En algún nivel cósmico, alguien le
había puesto una zancadilla a la familia. Llámenlo una gran
descarga de mala suerte, una deuda kármica pendiente u otra
cosa. (¿Fukú?) Fuera lo que fuera, la mierda empezó a
lloverle encima a la familia de un modo espantoso y hay
quienes dicen que nunca ha parado.
LA SECUELA
La familia afirma que la primera señal fue que la tercera y
última hija de Abelard, traída a luz a principios del encarcela-
miento de su padre, nació negra. Y no de un negro cualquie-
ra. O sea, negro negro —negrocongo, negrochangó,
negrokalí, negrozapote, negrorekha— y ningún tipo de
prestidigitación racial dominicana podía taparlo. A ese tipo