LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Página 218

aseguraron el buró y él siguió a su apartamento en Santiago, donde Lydia lo esperaba (cuarenta y dos y aún encantadora, y todavía muriéndose de miedo por la hija de él). Sin embargo, los funcionarios del tribunal y sus «testigos» ocultos sostuvieron que había sucedido algo muy diferente, que cuando el Dr. Abelard Luis Cabral abrió el maletero del Packard, dijo: No, no hay ningún muerto aquí, Trujillo me los debe haber limpiado. Fin de la cita. EN MI HUMILDE OPINIÓN Me parece la jerigonza más inverosímil de este lado de la Sierra Maestra. Pero la jerigonza de un hombre es la vida de otro. LA CAÍDA Pasó su última noche con Lydia. Había sido para ellos una época extraña. No hacía ni diez días que Lydia le había anunciado que estaba embarazada: Voy a tener un hijo tuyo, cantó feliz. Pero a los dos días el hijo resultó ser una falsa alarma, tal vez solo una indigestión. Hubo alivio -como si necesitara una preocupación más, ¿y si hubiera sido otra hembra?—, pero también decepción, porque a Abelard no le hubiera desagrado haber tenido un varón, incluso si el carajito hubiera sido hijo de una amante y nacido en su momento de mayor oscuridad. Sabía que a Lydia hacía rato le faltaba algo, algo verdadero que le fuera posible decir que era de ellos dos, y solo de los dos. Siempre andaba pidiéndole que dejara a su esposa y se fuera a vivir con ella, y aunque eso era algo que podría pare-cerle atractivo cuando estaban juntos en Santiago, la posibilidad desaparecía tan pronto ponía pie en su casa y sus hermosas hijas corrían a abrazarlo. Era un hombre previsible y le gustaban las comodidades previsibles, pero Lydia, en su estilo de baja