LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 217
ver a su querida). Seguía desequilibrado y todos los que lo
vieron aquel día recuerdan su aspecto desmelenado. Su dis-
tracción. Compró el buró sin contratiempos y lo amarró
como pudo al techo del carro, pero, antes que le fuera posible
echar a correr a la cama de Lydia, unos «compinches» lo
acorralaron en la calle e invitaron a tomar un trago en el Club
Santiago. ¿Quién sabe por qué fue? Quizá para mantener las
apariencias, o porque cada invitación le parecía un asunto de
vida o muerte. Aquella tarde en el Club Santiago intentó sa-
cudirse de encima la sensación de inminente condena hablan-
do con entusiasmo sobre historia, medicina, Aristófanes, em-
borrachándose como pocas veces, y cuando anocheció, les
pidió a los «compinches» ayuda para cambiar el buró al
maletero del Packard. No confiaba en los mozos del hotel,
explicó, porque tenían manos estúpidas. Los muchachos se
brindaron con afabilidad. Pero mientras Abelard trataba a
tientas de abrir el maletero del carro, dijo en voz alta: Espero
que no haya muertos aquí dentro. Que hizo el comentario
precedente no se discute. Abelard lo reconoció en su
«confesión». El chiste del maletero en sí provocó malestar
entre los «compinches», demasiado conscientes de la sombra
que el Packard lanza sobre la historia dominicana. Había sido
el carro en que Trujillo, en sus años iniciales, le había robado
al pueblo media