LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 194

Ahora que también soy madre me doy cuenta que no pudo ha- ber sido diferente. Así era ella. Como dicen: Plátano maduro no vuelve a verde. Incluso al final se negaba a demostrarme nada que se pudiera reconocer como cariño. Nunca lloró por mí ni por sí misma, solo por Óscar. Mi pobre hijo, sollozaba. Mi po- bre hijo. Con los padres uno siempre piensa que, por lo menos al final, algo va a cambiar, a mejorar. Pero entre nosotras no. Es probable que hubiera escapado. Que hubiera esperado a que regresáramos a Estados Unidos, que hubiera esperado como paja de arroz, ardiendo poco a poco, hasta que bajaran la guardia y entonces, una mañana, hubiera desaparecido. Del mismo modo que mi papá dejó a mi mamá y nunca se le volvió a ver. Desapareció como todo desaparece. Sin dejar rastro. Hubiera vivido lejos. Hubiera sido feliz, de eso estoy segura, y nunca hubiera tenido hijos. Me hubiera puesto prieta al sol, sin evitarlo, y me hubiera soltado el pelo con todos sus rizos y ella me hubiera pasado por el lado en la calle y nunca me hubiera reconocido. Ese era el sueño que tenía. Pero si estos años me han enseñado algo es esto: nunca se puede escapar. Jamás. La única salida está por dentro. Y creo que de eso es que tratan estos cuentos. Sí, sin duda: Me hubiera escapado. Con o sin La Inca, me hubiera escapado. Y entonces murió Max. No lo había vuelto a ver. Nunca desde el día que rompi- mos. Mi pobre Max, quien me amó más allá de las palabras. Quien al rapar decía: Soy tan dichoso. No andábamos en los mismos círculos o en el mismo barrio. A veces, cuando el pe- ledeísta me llevaba a las cabañas, podía haber jurado que lo veía a toda mecha por el horrendo tráfico del mediodía, un rollo de película bajo el brazo (traté de convencerlo para que comprara una mochila, pero me dijo que le gustaba así). Mi valiente Max, capaz de deslizarse entre dos guardafangos igual que una mentira entre los dientes de cualquiera.