LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 192

que siempre se puede contar en Santo Domingo. No con las luces, no con la ley. Con el sexo. Eso nunca falla. No me molesté en que hubiera un romance. Dejé que me llevara a una cabañaa en la primera «cita». Era uno de esos políticos vanidosos, un peledeísta. Tenía su propia jeepeta grande con aire acondicionado. Nunca había visto a nadie tan feliz como cuando me bajé los pantalones. Hasta que le pedí dos mil dólares. Americanos, le recalqué. Es lo que Abuela dice: Toda serpiente siempre piensa que está mordiendo un ratón hasta el día que muerde una mangosta. Ese fue mi gran momento como puta. Sabía que él tenía dinero, de no ser así no se lo hubiera pedido y, al fin y al cabo, tampoco se lo estaba robando. Creo que lo hicimos unas nueve veces en total, de modo que, en mi opinión, sacó más del asunto de lo que dio. Después, me senté en la cabaña y bebí un poco de ron mientras él esnifaba de unas bolsitas de yayo. No hablaba mucho, lo que era bueno. Siempre se mostraba bastante avergonzado después de rapar, y eso me hacía sentir muy bien. Se quejó que ese era el dinero para la escuela de su hija. Bla bla bla. Róbaselo al gobierno, le dije con una sonrisa. Cuando me dejó en casa, lo besé solo para poder verlo echarse atrás acobardado. No le hablé mucho a La Inca en esas últimas semanas, pero ella nunca dejó de hablarme. Quiero que te vaya bien en la escuela. Quiero que me visites cuando puedas. Quiero que recuerdes de dónde eres. Lo preparó todo para mi partida. Yo estaba demasiado enojada como para pensar en ella, en lo triste que estaría cuando me fuera. Después de mi mamá, yo era la única persona con la que había compartido su vida. Comenzó a cerrar la casa como si fuera ella quien se marchaba. ¿Qué?, pregunté. ¿Vienes conmigo? No, hija. Me voy al campo un rato. ¡Pero si odias el campo!