LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 152

pompadour parecían carapachos de los escarabajos. Músculos africanos recubiertos por pálidos trajes de verano y, debajo de las chaquetas, crujían las fundas engrasadas de sus armas de fuego. Queremos hablar con su hija, Elvis Uno gruñó. Ahora mismo, Elvis Dos agregó. Por supuesto, dijo ella, y cuando salió de la casa con un machete, los Elvis se retiraron al carro, riéndose. Elvis Uno: Volveremos, vieja. Elvis Dos: Usté verá. ¿Quiénes eran?, Beli preguntó desde su cama, sus manos agarrando su barriga inexistente. Nadie, dijo La Inca, poniendo el machete al lado de la cama. La noche siguiente, «nadie» disparó e hizo un agujero en la puerta principal de la casa. Las otras dos noches ella y la muchacha durmieron debajo de la cama, y a los pocos días le dijo: Pase lo que pase, quiero que recuerdes que tu padre fue un médico, un médico. Y tu madre una enfermera. Y, al fin, las palabras: Debes irte. Quiero irme. Odio este lugar. Para entonces, ya la muchacha podía llegar al retrete por su propia cuenta. Había cambiado mucho. De día, se sentaba en la ventana en silencio, muy parecida a La Inca después que su marido se ahogó. No sonreía, no se reía, no hablaba con nadie, ni siquiera con su amiga Dorca. Un velo oscuro había caído sobre ella, como café sobre nata. No entiendes, hija. Tienes que irte del país. Si no, te ma- tarán. Beli se rió. Oh, Beli; no tan a la ligera, no tan a la ligera: ¿Qué sabías tú de estados o diásporas? ¿Qué sabías de Nueba Yol o de las viviendas sin calefacción de la «vieja ley» o de niños con tanto odio a sí mismos que les provocaba cortocircuitos en la cabe- za? ¿Qué sabías, madame, de la inmigración? No te rías, mi negr