LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 114

nio suyo. Cuando el tipo le torció el brazo, pasó de cero a la violencia en menos de 0,2 segundos. Chirrió: No. Me. Toques. Le lanzó su trago, su vaso y después su cartera -si hubiera habido un bebé cerca, se lo habría lanzado también. Y entonces lo atacó con una pila de servilletas de cóctel y cientos de palillos y, cuando ésos terminaron de bailar en los mosaicos, desencadenó un ataque digno de Street Fighter. Durante esta descarga cerrada de trompones, El Gángster se agachó y no se movió salvo para desviar un manotazo perdido que le venía directo a la cara. Cuando ella acabó, él levantó la cabeza como saliendo de una madriguera y se llevó un dedo a los labios. Te faltó un punto, le dijo solemnemente. Bueno. Fue solo un simple encuentro. La pelea que tuvo con La Inca al regresar a la casa fue mucho más significativa -La Inca la estaba esperando con la correa en la mano- y cuando Beli entró por la puerta, muerta de cansancio después de tanto bailoteo, La Inca, iluminada por la lámpara de kerosene, levantó la correa en el aire y fue entonces que los ojos de dia- mante de Beli se fijaron en ella. Esa escena primigenia entre madre e hija se ha producido en todos los países del mundo. Dale, Madre, dijo Beli, pero La Inca no podía. Su fuerza la abandonaba. Hija, si vuelves tarde otra vez a esta casa, te ten- drás que ir, y Beli le contestó: No se preocupe, me iré bien pronto. Esa noche La Inca se negó a acostarse en la cama con ella y se quedó dormida en el sillón. Al día siguiente tampoco le habló, se fue sola para el trabajo, su decepción flotando so- bre ella como una nube atómica. No hay duda que Beli debía haberse preocupado por su madre, pero durante el resto de la semana pensó solo en la estupidez del gordo azaroso que (se- gún ella) le había desgraciado la noche entera. Casi a diario se sorprendía contándoles los detalles del enfrentamiento al dea-ler del Fiat y a Arquírnedes, pero con cada narración añadía nuevos ultrajes que, aunque no exactamente ciertos, parecían reflejar el espíritu de lo acontecido. Un bruto, lo llamó. Un animal. ¡Cómo se atrevió a tocarme! ¡Como si fuera alguien, ese poco hombre, ese mamagüevo