LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 113
contador le tendió la mano y durante las dos horas siguientes
Beli olvidó su torpeza, su asombro, su inquietud, y bailó.
¡Dios mío, cómo bailó! Hizo llover café del cielo y agotó a
pareja tras pareja. Hasta el director de la orquesta, veterano
medio canoso de más de una docena de giras por América
Latina y Miami, gritaba: ¡La negra está encendida! ¡Mira que
está encendida!
Y al fin, una sonrisa: grábensela en la
memoria, porque no la verán mucho. Todos pensaban que era
una bailarina cubana de algún show y no podían creer que
fuera dominicana como ellos. No puede ser, no lo pareces,
etcétera, etcétera.
Y fue en ese remolino de pasos, de guapos y de colonia
que apareció él. Ella estaba en la barra, esperando que Tina
volviera de «fumarse un cigarrillo». Su vestido: arruinado; su
permanente: endiablada; los arcos de los pies: como si hu-
bieran pasado un curso preliminar de pies vendados. Él, por
su parte, era la esencia del relajamiento. Aquí está,
generación futura de León y Cabral: el hombre que le robó el
corazón a la Madre Fundadora de ustedes, que la catapultó a
la Diáspo-ra. Vestía un conjunto como los del Rat Pack,
esmoquin negro y pantalones blancos, sin una gota de sudor,
como si se hubiera conservado en una nevera. Era guapo en
el estilo dudoso de un productor de Hollywood, barrigón y
cuarentón, de ojos grises cansados que habían visto K.O. (y
no se habían perdido na). Ojos que habían estado observando
a Beli más de una hora y no es que Beli no se hubiera dado
cuenta. El tipo tenía cierta clase, todos en el club le rendían
tributo y él llevaba oro suficiente como para haber rescatado
a Atahualpa.
Digamos tan solo que el primer encuentro no fue prome-
tedor. ¿Qué te parece si te compro un trago?, le preguntó, y
cuando ella le dio la espalda como una ruda, él le agarró el
brazo, con fuerza, y le dijo: ¿Y adonde tú vas, morena?
Y
eso fue todo lo que hizo falta: a Beli le salió el lobo. Primero,
no le gustaba que la tocaran. Para nada y nunca. En segundo
lugar, no era morena (hasta el dealer del Fiat se había dado
cuenta que era mejor llamarla india). Y, tercero, tenía ese ge-