LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 108
muchacha era más Penélope que Puta de Babilonia. (Por su-
puesto que La Inca, testigo del desfile de hombres que en-
fangaba la entrada de la casa, no estaba convencida de ello.)
A menudo, Beli tenía sueños en los cuales Jack regresaba de
la escuela militar, sueños en los cuales la estaba esperando en
el trabajo, desparramado en una mesa como el contenido de
un bello botín, una sonrisa en su cara magnífica, sus Ojos de
Atlantis por fin fijos en ella, solo en ella. Regresé por ti, mi
amor. Regresé.
Nuestra muchacha descubrió que era fiel hasta a un zo-
penco como Jack Pujols.
Pero eso no significó que viviera apartada por completo
del mundo de los hombres. (A pesar de su «fidelidad», nunca
llegó a ser una de esas mujeres a las que les gusta prescindir
de atención masculina.) Aun en ese duro período, Beli tenía
sus príncipes en espera, bróders dispuestos a enfrentar las
cercas de alambre de púas y campos minados de su afecto
con la esperanza de que más allá de ese cruel estercolero les
esperara el Elíseo. Pobres zoquetes engañados. El Gángster la
tendría como a él le diera la gana, pero estos pobres sapos
que vinieron antes de él se podían considerar dichosos si
recibían un abrazo. Convoquemos del abismo a dos sapos en
particular: el dealer de la Fiat, calvo, blanco y sonriente, un
verdadero Hipólito Mejía, pero afable, caballeroso y tan
enamorao del béisbol americano que arriesgaba la vida
escuchando los juegos en un radio de onda corta de
contrabando. Creía en el béisbol con el fervor de un
adolescente y creía también que en el futuro los dominicanos
inundarían las Grandes Ligas y competirían con los Mande y
Maris de este mundo. Marichal era solo el principio, predijo,
de una reconquista. Estás loco, Beli decía, burlándose,
imitándolo a él y su «jueguito». En un inspirado golpe de
contraprogramación, su otro enamorao era un estudiante de la
UASD —uno de esos universitarios de la ciudad que llevan
estudiando once años y siempre les faltan cinco créditos para
graduarse. Decir estudiante hoy en día no significa na, pero
en una América Latina con los ánimos exaltados por la Caída