LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 107

tuviera caracaracol suficiente para hacerla volver. De vez en cuando La Inca se aparecía en el restaurante. Se sentaba sola, recta como un atril, toda en negro, y entre sorbos de té miraba a la muchacha con triste intensidad. Quizá esperaba avergonzar a Beli para que regresara a la Operación Restablecimiento de la Casa Cabral, pero esta seguía en su trabajo con su celo acostumbrado. A La Inca debió de consternarle ver el cambio drástico que se producía en su «hija», ya que Beli, la muchacha que nunca hablaba en público, que podía mantener la calma como un actor de No, desplegaba en el Palacio Pekín un don para la cháchara que encantaba a la clientela masculina. Quienes se han detenido en la esquina de la 142 y Broadway pueden imaginarse cómo hablaba: con el canto embotado e irreverente del pueblo que provoca pesadillas a los dominicanos cultos que duermen en sábanas de cuatrocientos hilos y que La Inca había supuesto desaparecido junto con la primera vida de Beli en las Afueras de Azua. Sin embargo, allí estaba vivo, como si nunca se hubiera ido: Oye, pariguayo, ¿y qué pasó con esa esposa tuya? Gordo, ¿no me digas que tú todavía tienes hambre? En algún momento, hacía una pausa en la mesa de La Inca: ¿Quieres algo más? Solo que vuelvas a la escuela, mija. Lo siento. Beli recogía la taza y limpiaba la mesa con un movimiento superficial. Dejamos de servir pendejadas la se- mana pasada. Y entonces La Inca pagaba y se iba y a Beli se le quitaba un gran peso, prueba de que había hecho lo correcto. En esos dieciocho meses aprendió mucho sobre sí misma. Aprendió que a pesar de todos sus sueños de ser la mujer más hermosa del mundo, de tener a los tígueres del barrio tirán- dose por las ventanas a su paso, cuando Belicia Cabral se enamoraba, permanecía enamorada. A pesar del fracatán de hombres, hermosos, sencillos y feos, que entraban en el res- taurante con el propósito de ganar su mano en matrimonio (o por lo menos en fokimonio), ella nunca pensó en nadie más que en Jack Pujols. Resulta que, en su corazón, nuestra