LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 104
Y aquí es cuando La Inca sacude la cabeza: Una mesera.
Pero, hija, si eres hija de una panadera, ¡tú no sirves para
mesera!
La Inca supuso que porque Beli no había mostrado nin-
gún entusiasmo por la panadería o la escuela o la limpieza en
esos días, se había convertido en una zángana. Pero se le
había olvidado que nuestra muchacha había sido criada en su
primera vida, que durante la mitad de sus años no había
conocido nada sino trabajo. La Inca predijo que Beli dejaría
el empleo en cuestión de meses, pero no fue así. Al contrario,
en el restaurante nuestra muchacha demostró su calidad:
nunca llegó tarde, nunca se hizo la enferma, trabajó como una
bestia. Que conste, le gustaba el trabajo. No era exactamente
Presidente de la República, pero para una muchacha de
catorce años que quería escaparse de la casa, pagaba y le
daba un lugar en el mundo mientras esperaba que su Futuro
Glorioso se materializara.
Dieciocho meses trabajó en el Palacio Pekín (original-
mente El Tesoro de------------ , en honor al verdadero y nunca
alcanzado destino del Almirante, ¡pero los Hermanos Then lo
cambiaron cuando descubrieron que el nombre del Almiran-
te era un fukú! Chino no gustar maldiciones, dijo Juan). Ella
siempre diría que en ese restaurante se hizo mujer y, en cierto
modo, así fue. Aprendió a ganarles a los hombres en el do-
minó y resultó ser tan responsable que los Hermanos Then la
dejaban a cargo del cocinero y los otros meseros cuando se
ausentaban para pescar y visitar a sus novias de piernas
gordas. Años después Beli lamentaría haber perdido contacto
con sus «chinos». Fueron tan buenos conmigo, les gemía a
Óscar y Lola. No como tu padre, ese chupavidas
despreciable. Juan, el jugador melancólico, añoraba Shanghai
como si fuera un poema de amor cantado a la mujer que
amas, hermosa e inal-anzable. Juan, el romántico miope al
que las novias le robaban descaradamente, nunca aprendió
bien el español (sin embargo, años después, cuando vivía en
Skokie, Illinois, les gritaría a sus nietos americanizados en su
español gutural y ellos se reirían de él, pensando que les