LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 103
no fuera ella misma. Ni el rector, ni las monjas, ni La Inca, ni
sus pobres padres difuntos. Solo yo, susurró. Yo.
La promesa le dio muchísimo ánimo. Poco después del
en-frentamiento por lo del regreso a la escuela, Beli se puso
uno de los vestidos de La Inca (literalmente parecía que iba a
explotar) y buscó que la llevaran al Parque Central. No era un
viaje largo pero, de todos modos, para una muchacha como
Beli era un precursor de lo que vendría.
Cuando regresó a la casa a últimas horas de la tarde anun-
ció: ¡Conseguí un trabajo! La Inca resopló. Supongo que los
cabarets siempre necesitan gente.
No era un cabaret. Puede que Beli haya sido una putona
en la cosmología de sus vecinos, pero no era un cuero. No:
había conseguido empleo como mesera de un restaurante en
el parque. El dueño, un chino robusto y bien vestido llamado
Juan Then, no necesitaba a nadie exactamente; de hecho, no
estaba seguro si se necesitaba a sí mismo. Negocio terrible,
se quejó. Demasiada política. La política mala para todos
menos para políticos.
No hay dinero de sobra. Y ya muchos empleados impo-
sibles.
Pero Beli no estaba dispuesta a ser rechazada. Hay mucho
que puedo hacer. Y juntó los omóplatos para enfatizar sus
«valores».
Para un hombre menos honrado eso habría sido una invi-
tación, pero Juan tan solo suspiró: No ser sinvergüenza. Ha-
cemos prueba. Período probatorio. No prometer na. Condi-
ciones políticas no para promesa.
¿Cuál es mi sueldo?
¡Sueldo! ¡Ningún sueldo! Tú mesera, tú propina.
¿Cuánto es eso?
De nuevo el desánimo. No es
seguro. No entiendo.
Su hermano José levantó los ojos inyectados de sangre
por encima de la sección de deportes del periódico. Lo que
mi hermano dice es que todo depende.