LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 105

hablaba en chino). Fue Juan quien le enseñó a Beli a jugar dominó. Su único fundamentalismo era su optimismo a prueba de balas: ¡Si El Almirante hubiera venido a nuestro restaurante primero, imagínate el apuro que se habría evitado! Sudando, el gentil Juan hubiera perdido el restaurante de no haber sido por su hermano mayor. José, el enigmático, se asomaba a la periferia con toda la amenaza de un ciclón; José, el bravo, el guapo, su esposa e hijos asesinados por un jefe militar en los años treinta; José protegía el restaurante y las habitaciones de arriba con una ferocidad implacable. José, cuya pena había extraído de su cuerpo toda suavidad, toda palabra ociosa y toda esperanza. Nunca dio la impresión de aprobar a Beli, o a ninguno de los otros empleados, pero como ella era la única que no le tenía miedo (¡Si soy casi tan alta como usté!), le correspondió dándole consejos prácticos: ¿Quieres ser una inútil toda tu vida? Aprendió a martillar clavos, fijar enchufes eléctricos, cocinar chofán y manejar un carro, todas cosas que le vendrían muy bien cuando se convirtiera en La Emperatriz de la Diáspora. (José se desenvolvió con coraje en la revolución, luchando —lamento informar- contra el pueblo, y moriría en 1976 en Atlanta, de cáncer de páncreas, vociferando el nombre de su esposa, que las enfermeras confundieron con más jerga china, o como se dice en inglés, gobbledygook, enfatizando mucho el gook.) También estaba Lillian, la otra mesera, rechonchita como una palangana, cuyo rencor contra el mundo se convertía en júbilo solo cuando la humanidad excedía en venalidad, bruta- lidad y mendacidad sus propias expectativas. Al principio, Beli no le cayó bien -la consideraba su competencia-, pero al Fin llegó a tratarla más o menos con cortesía. Fue la primera mujer que nuestra muchacha conoció que leyera el periódico. (La bibliomanía de su hijo le recordaría siempre a Lillian. ¿Cómo anda el mundo?, Beli le preguntaba. Jodio, contestaba siempre.) Y Benny El Indio, un camarero reservado, meticu- loso, que tenía el aire triste de un hombre acostumbrado desde hacía mucho a la demolición espectacular de sus sue-