LA LADRONA DE LIBROS La ladrona de libros | Page 45
Markus Zusak
La ladrona de libros
Se agachó y empezó a enrollarse el bajo de los pantalones.
Liesel se inquietó, por decirlo de alguna manera.
—¿Y por qué quieres besarme? Voy sucia.
—Yo también.
Rudy no veía razón alguna para que un poco de mugre se interpusiera
entre ellos. Además, no había pasado tanto tiempo desde la última ducha.
Liesel lo meditó mientras estudiaba los palmitos que su rival tenía por
piernas. Eran iguales que las suyas. Pensó que era imposible que la ganara.
Asintió, con gravedad. La cosa iba en serio.
—Puedes besarme si ganas, pero si gano yo, dejo de ser portera cuando
juguemos al fútbol.
Rudy sopesó las opciones.
—Me parece justo.
Y se estrecharon la mano.
El cielo estaba muy oscuro y nublado, aderezado con las pequeñas astillas
de lluvia que comenzaban a caer.
La pista estaba más encharcada de lo que parecía.
Ambos rivales estaban preparados.
Rudy lanzó una piedra para dar el disparo de salida. Cuando cayera al
suelo, podían empezar a correr.
—Ni siquiera veo la línea de llegada —se quejó Liesel.
—¿Y yo qué?
La piedra tocó el suelo.
Corrieron pegados, dándose codazos para adelantarse. El suelo resbaladizo
les lamía los pies y los hizo caer a unos veinte metros del final.
—¡Jesús, María y José! —exclamó Rudy—. ¡Estoy rebozado de mierda!
—No es mierda —lo corrigió Liesel—, es barro. —Aunque tenía sus dudas.
Volvieron a resbalar a unos cinco metros de la llegada—. Entonces, ¿quedamos
empatados?
Rudy miró la meta. Con la cara medio cubierta de barro, sólo se le veían los
dientes afilados y los enormes ojos.
—¿Todavía me llevo el beso si quedamos empatados?
—Ni lo sueñes.
Liesel se levantó y se sacudió un poco de barro de la chaqueta.
—No te obligaré a estar en la portería.
—Quédate con tu portería.
De vuelta a Himmelstrasse Rudy le advirtió:
—Algún día te morirás por besarme —le dijo.
Sin embargo, Liesel lo tenía muy claro.
45