LA LADRONA DE LIBROS La ladrona de libros | Seite 44
Markus Zusak
La ladrona de libros
destrozados y tenía una boca... Menuda boca.
—¡Eh, Pfiffikus!
Cuando la silueta lejana se volvió, Rudy empezó a silbar.
El anciano se enderezó y empezó a insultarlos con un fervor que sólo
podría calificarse de ingenioso. Por lo visto, nadie sabía su verdadero nombre o,
si lo sabían, nunca lo utilizaban. Solían llamarlo Pfiffikus porque es el nombre
que se le pone a quien le gusta silbar, algo que a Pfiffikus se le daba muy bien,
sin lugar a dudas. No hacía más que silbar una sola melodía, La marcha
Radetzky, y los niños del lugar la imitaban para llamarlo. En cuanto la oía,
Pfiffikus abandonaba sus habituales andares (encorvado hacia delante, pasos
largos y desgarbados, brazos detrás del chubasquero negro) y se ponía derecho
para soltar improperios. En ese momento, toda impresión de serenidad
quedaba violentamente interrumpida por una voz que reverberaba de rabia.
Ese día, Liesel imitó la provocación de Rudy casi como un acto reflejo.
—¡Pfiffikus! —repitió Liesel, adoptando de inmediato la debida crueldad
que parece propia de la infancia.
Silbó fatal, pero no tuvo tiempo para practicar.
Empezó a perseguirlos sin dejar de maldecir. Primero fue un Geh' scheissen!
y cada vez fue a peor. Al principio descargó los improperios sólo sobre el chico,
pero poco después le llegó el turno a Liesel.
—¡Eh, golfa! —rugió. Las palabras cayeron como una costalada en la
espalda de Liesel—. ¡Es la primera vez que te veo!
Mira que llamar golfa a una niña de diez años... Ese era Pfiffikus. Todos
opinaban que frau Holtzapfel y él habrían hecho una buena pareja. «¡Volved
aquí!» fueron las últimas palabras que Liesel y Rudy oyeron mientras se
alejaban a la carrera. No se detuvieron hasta que llegaron a Münchenstrasse.
—Vamos, por aquí —dijo Rudy, cuando consiguieron recuperar el aliento.
La llevó a Hubert Oval, el escenario del incidente de Jesse Owens, donde se
quedaron con las manos en los bolsillos. La pista se extendía delante de ellos.
Sólo podía ocurrir una cosa. Empezó Rudy.
—Cien metros —la retó—, me juego lo que quieras a que no me ganas.
Liesel no iba a ser menos.
—Me juego lo que quieras a que sí.
—¿Qué te juegas, pequeña Saumensch? ¿Tienes dinero?
—Claro que no, ¿y tú?
—No. —Pero Rudy tenía una idea. Fue el galán el que habló por él—. Si
gano, te doy un beso.
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