Por otra parte, Walter, Clarisse y Ulrich se ven inmersos en un debate cuyo aroma es el de una época que se convulsiona, que ve a su razón contraerse sobre sí misma, empequeñecerse al tiempo que su conocimiento crece y se multiplica en proporciones gigantescas. Arnheim, acompañado de su inacabable lista de atributos es el objeto principal de la discusión. Sus conocimientos, algo así como victorias pírricas al decir de Ulrich, enriquecen a una época que se ufana de ellos al tiempo que le dificultan la producción de “hombres enteros, buenos y normales”. Para él no cabe duda de que hay ciertas paradojas en el especialismo de la época, ciertas inconsistencias que atrofian el espíritu de quien ostenta con orgullo sus vastos conocimientos en una reducida área del saber.
Ni siquiera el bueno de Arnheim, depositario de una vasta gama de saberes, es suficiente para unir lo que el tiempo ha dividido, lo que ha sido fragmentado, quizás, de manera irremediable. Para Walter, en cambio, el panorama en lugar de desértico se torna rico en adelantos y posibilidades para el espíritu y, bajo el influjo de los libros de Arnheim y a pesar de admitir cierto diletantismo, se opone a Ulrich en su concepción del estado de los saberes y de los hombres.
Clarisse tímidamente se inclina a la posición de Ulrich, pero no lo deja saber sin ambigüedades. Entre tanto, Ulrich arrecia su posición y plantea que la época actual es un periodo de transición que podría durar hasta el fin de los días del planeta; no saber afrontarlo en manera alguna justifica que los hombres adoptemos la posición de infantil miedo ante la oscuridad que se expande abruptamente en toda la habitación. El “creciente racionalismo” que parecía la solución a todos los problemas humanos se ha quedado sin sentido gracias a sus excesos, ha perdido su fuerza a pesar de que se expande como una peste, inundando todas las esferas de la vida con un paraíso que en algunos genera un miedo indescriptible, pero que casi siempre es admitido sin disensión.
Las marcadas diferencias de esta discusión nada trivial quedaron resueltas gracias a los efectos de la “simpatía” sobre el pensamiento… No obstante, Walter sintió que el triunfo del incomprendido le acompañaba cuando, con astucia y cobardía sentenció: “Me da la sensación de que la consecuencia de todo esto será una orgía desenfrenada de la fantasía.”
Las lentes privilegiadas para estos capítulos han sido designadas: “La irracionalidad y la razón que termina en excesos.” Su expositora tomó como centro de la presentación la densa discusión entre Walter y Ulrich: dos concepciones opuestas acerca de la racionalidad de la época que no son tratadas, a pesar de las diferencias, de un modo maniqueo. No obstante, se evidencia una crisis, un momento de ruptura en una época que se fragmenta y fragmenta consigo todo aquello que la compone, en especial a sus saberes, expandiendo con sus adelantos una atmósfera de “opacidad”, un airecillo turbio cuyo efecto en los hombres que inexorablemente le respiran no es otro sino el de dejar penetrar en sus pechos los dilemas, triunfos y fracasos de la modernidad.
Hombres fragmentados, escindidos y de apariencia unívoca transitan en la densa y gris ciudad que hoy damos en llamar el “progreso” de los tiempos. La fisura, el umbral en el cual el hombre moderno se sitúa ante el universo tiene una dosis de angustia que se expande con tenacidad pero que es casi imperceptible, incluso para las inteligencias especializadas: nada ni nadie podrá unificar de nuevo las incontables islas que han irrumpido del océano del conocimiento humano, desde cada una de las cuales el mundo se muestra infinito e inconmensurable como si en ellas hubiera una montaña cuyo túnel cavado descendiera
REVISTA INNOMBRABLE - AQUÍ Y AHORA
34